La primera noche sin Mari Luz

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Texto: Rafael P. Unquiles      Fotos: José Carlos Sánchez

El padre y la madre de Mari Luz, durante la primera noche que vivieron con su hija desaparecida. (José Carlos Sánchez).En la tarde del día 13 de enero de 2008 desapareció la pequeña Mari Luz Cortés cuando fue a un kiosco próximo a su piso de la barriada del Torrejón a comprar chucherías. Una vez fue detectada su ausencia se inició una intensa búsqueda que estuvo abanderada por su familia, amigos y vecinos. El rastreo no se detuvo ni cuando cayó la noche. Eran los primeros instantes de una gran tragedia que ha conmocionado a toda España. Y aunque este caso ha sido mirado con lupa por todos los medios de comunicación de este país, hubo un episodio del que sin embargo apenas trascendieron detalles. Fue lo ocurrido en aquella primera noche de la desaparición de Mari Luz en la casa de los Cortés. El Mundo Huelva Noticias publicó una crónica de aquel dramático momento. Decía lo siguiente:

Ambiente que se respiraba durante la primera noche de la desaparición de Mari Luz en el portal de su bloque. (José Carlos Sánchez).Ni lloraban. Pasada la medianoche del domingo en la casa de Mari Luz el agotamiento de la intensa búsqueda que sus familiares habían protagonizado por la tarde impedía cualquier gesto. Juan José, que permaneció durante horas sentado en la mesa camilla de su piso en la plaza de la Rosa, en pleno corazón de la barriada de El Torrejón, con los brazos entre las piernas y la cabeza agachada. No participaba de las conversaciones. Estaba hundido.

En ese momento habían pasado ya más de siete horas desde que su hija pequeña había desaparecido cuando se dirigió al kiosco de la esquina a comprar una bolsa de patatas. Todos los días hacía lo mismo. Sin embargo en esta ocasión no había regresado a casa. Y por más que cientos de amigos y vecinos habían rastreado palmo a palmo el barrio y sus alrededores, la búsqueda había resultado infructuosa. Ahora sólo podían esperar.

En el pequeño salón de la vivienda de Juan José y de su mujer, Irene, se agolpaba un nutrido grupo de familiares. Y aunque la mayoría de ellos permanecían callados, como en un velatorio, dos, el hermano del padre. Francisco Valentín Cortés, y el abuelo de la niña, Juan Cortés, no podían reprimir su indignación.

Eran las dos de la madrugada y ambos acababan de llegar a la casa después de realizar una nueva batida. En esa ocasión dirigieron sus pasos a Gibraleón. Pero tampoco tuvieron resultado positivo alguno. Y lo que no entendían es cómo a pesar de la gravedad de la situación “la Guardia Civil no había establecido control alguno en las carreteras”. Mientras todos callaban el abuelo exigía que las Fuerzas de Seguridad del Estado actuaran con más rapidez. “Nada tengo que decir de la Policia Nacional y Policía Local, ellos están haciendo lo que pueden y desde que dimos el aviso se pusieron a trabajar. La Guardia Civil, no”, decía una y otra vez acompañado de elocuentes gestos. “¿Cuándo van a poner los controles? No entiendo por qué no los han puesto ya. Para lo único que sirven es para poner multas. Para eso sí, pero para buscar a mi nieta, no. Y quien haya cogido a mi niña puede estar ya en cualquier sitio”.

Juan Cortés, que a esas horas llevaba la voz cantante, tenía claro que la investigación de la desaparición debía ser lo más intensa posible en los primeros instantes. “O es que van a esperar veinticuatro horas para establecer los controles”. La desidia que describían resultaba increíble para quienes aún conservaban fuerzas para batallar. Entre otras muchas razones por encontrarse Huelva a cincuenta kilómetros de la frontera con Portugal. “Cuando lo hagan será demasiado tarde”.

Ambiente que se respiraba durante la primera noche de la desaparición de Mari Luz en el kiosco a donde acudió la pequeña a comprar chucherías. (José Carlos Sánchez).El abuelo de la niña no entendía tampoco otra cosa: cómo era posible que quienes en tiempos de elecciones les pedían el respaldo político no estuvieran en ese momento haciendo cuanto pudieran para localizar a la pequeña. “¿Dónde está la Parralo?” gritaba, “¿Y Pepe Fernández?Cuando te tiene que pedir el voto bien que te llama, pero ahora…” Esa frase se la dirigió directamente al padre de Mari Luz, que continuaba sumido en una profunda y silenciosa soledad. Sin embargo en esta ocasión las palabras le llegaron al alma. Muy despacio marcó el número de Pepe Fernández, archivado en su agenda telefónica como Pepe, pero no halló respuesta del concejal socialista en el Ayuntamiento de Huelva. Su hermano repitió la llamada pero el resultado acabó siendo el mismo. Fue el único movimiento que Juan José realizó en horas.

Ya habían dado las tres de la madrugada y la opinión mayoritaria de quienes se hallaban en el piso pasaba por que la niña había sido raptada. Y el abuelo iba más allá al asegurar abiertamente que la clave estaba en las dos niñas “un poco mayores que ella” junto a las que había sido vista Mari Luz después de comprar en el kiosco. “Esas son el gancho, ¿no os dais cuenta? Actúan como los trileros: primero se ganan la confianza de la niña y después se la llevan. Si nadie hace nada yo desde luego me voy a tomar la justicia por mi mano”, sentenció. Y entonces hablaba de rumanos y de asentamientos. Era su obsesión.

En la puerta del bloque de la familia Cortés Suárez continuaban cientos de vecinos. No importaba ni que ya quedara poca noche ni que siguiera lloviendo. Varios de ellos volvieron a realizar el recorrido que supuestamente hizo la niña. Y otros muchos se refugiaron en un templo de la Iglesia Evangélica situado frente a la plaza de la Rosa. Sólo había que cruzar la avenida de las Flores. Allí, en un profundo silencio decenas de hombres y mujeres esperaban y esperaban bajo la atenta mirada del pastor. “Lo único que podemos hacer es mostrar nuestro apoyo a la familia”, afirmaba. Tanto el padre como la madre de Mari Luz también son pastores de la Iglesia Evangélica, por lo que un gran número de hermanos de esa fe participaron activamente en la búsqueda. Y después de buscar, rezaron.

Era prácticamente lo único que podían hacer después de comprobar cómo una familia había quedado totalmente destrozada por una razón o circunstancia que no alcanzaban a comprender. El cansancio se hallaba en el punto culminante. Pero al abuelo, a Juan Cortés, todavía le llegaba la rabia para reclamar desesperadamente ayuda.

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