La imagen política. Por José Antonio Gómez Marín

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YA ES raro escuchar a un político, en una tesitura política tan tremenda como la que estamos viviendo, cosas como las que ayer mañana pudimos escucharle al alcalde de Huelva, Pedro Rodríguez en unan prestigiosa tribuna sevillana. Que los políticos –y lo decía uno de ellos—no se dan cuenta del daño que pueden hacerle a los ciudadanos con su mal ejemplo, por ejemplo. Que lo mismo que la ley impone la austeridad, tendría que prohibir, de paso, las promesas falsas, los compromisos incumplidos y, en especial, los incumplibles. Que los alcaldes –y lo decía uno que ha ganado ya cuatro elecciones y parece que va a ganar una quinta—tendrían, en rigor, que ser independientes incluso de los partidos, es decir, ciudadanos exentos, libres por completo de hipotecas de todo tipo, personas consagradas, como se suponía que lo eran en lo antiguo, al “bien común”, ese concepto olvidado sobre el que nuestra escolástica tanto dejó dicho. Perico, que es como lo conocen cariñosamente sus vecinos y votantes, es de los pocos políticos de rigurosa extracción popular, de los rarísimos que proceden de la sociedad civil en sentido pleno, por más que tras llegar al Poder haya debido adoptar las martingalas de la política para transformar la ciudad no poco decimonónica que heredó en una urbe moderna y con máximas aspiraciones. Lo he escuchado ayer mañana como quien oye un clarinazo discordante en medio de este (des)concierto generalizado, cuando una jueza amaga con empapelar a todo un gobiernillo regional y la confianza pública de desploma desde donde estaba años atrás justo hasta las antípodas, y he creído comprender que esos peregrinos regidores intocables no tienen otro secreto que el que constituye la versión más noble y legítima del populismo, a saber, la cercanía. Que nada tiene que ver con la promiscuidad demagógica sino con la instintiva proximidad al administrado. Perico –dice Arenas—ha puesto su despacho en la calle. Yo creo más bien que ha metido la calle en el Ayuntamiento. Por eso no hay quien pueda con él.

Esta política es ya un asco. Un asco lo que vamos sabiendo de las prejubilaciones falsas o de las comisiones de enfrente, un asco que una mayoría absoluta prescinda del Parlamento, otro que una jueza se vea en la precisión de acusar a los políticos de pretender engañarla. Pero quedan reductos de esperanza, como ése que describía ayer Pedro Rodríguez apelando al entendimiento común y comprometiéndose en él. Debían

estar prohibidas las promesas falsas, por supuesto, y castigados con el mayor rigor los trampantojos legales. Decirlo en esta hora señalada no deja de ser fácil, ya lo sé, pero, por eso mismo, de lo más necesario.

Comentario publicado en la columna ‘La cruz del Sur’ de El Mundo Andalucía.

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