OFF THE RECORD: Llavines sin cerradura (y II). Por Lorena Martín Montilla

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CERRANDO EL desfile procesional de los aspirantes que anhelan la vara de mando en el Ayuntamiento de Huelva, encontramos formaciones difuminadas, inconclusas; unas atrapadas en un debate shakesperiano sobre la identidad perdida y otras incapaces de renovar un ideal que suena a fábula de La Fontaine. UPyD (al menos de momento) y Partido Andalucista concurren a los comicios del 22 de mayo con muchas carencias y pocas valías electorales. La agrupación magenta, adormecida bajo la sombra de una Rosa Díez maternal que fiscaliza a todo su séquito, se ha desmembrado en la capital como un vestido sin costuras; Unión, Progreso y Democracia se ha perdido en debates domésticos con denuncias de corrupción que la han dejado sin alas antes de despegar. Queda una ínsula con débiles cimientos que se tambalean por continuos seismos.

Dos acusaciones de pucherazo en dos elecciones primarias han bastado (y sobrado) para dejar descabezada a la formación que hasta hace menos de dos meses lideraba Fernando Infante, quien abandonó sus filas por estas presuntas irregularidades. Guerras internas, luchas de poder, rivalidades personales… en definitiva, los entresijos de la política han derrotado a una UPyD inmadura e inexperta. A la ciudadanía le ha llegado la imagen de un partido con envoltorio demócrata y trasfondo inquisitorial. Demasiadas intrigas para una agrupación que se presentaba como adalid de la regeneración democrática. Sin líder visible tras la dimisión de Infante y toda su Ejecutiva local, la llamada alternativa progresista ha implosionado; de nada sirvieron el flirteo con Juan José Cortés y los resultados de las pasadas elecciones europeas que la auparon como cuarta fuerza en la capital. Intentos vanos. La candidatura magenta queda en el aire.

Los andalucistas tampoco presentan un horizonte más definido; más clara parece su presencia en la provincia que en la capital onubense. El nombre de Damián Rodríguez no se ha consolidado a pesar de ser el primero en postularse oficialmente como alcaldable. Sin una seña de identidad afianzada que vaya más allá de la herencia de Blas Infante, el PA debería reinventarse y desechar el “volver a ser lo que fuimos” porque, demostrado queda, éste no es el sentir mayoritario de los onubenses. El camino a la Plaza de la Constitución pasa, ineludiblemente, por dejar de lado este hándicap y poner en el centro de la diana las inquietudes reales de una sociedad castigada por el paro, mermada por los recortes sociales y desgastada por mentiras presidenciales. Ahí tienen su filón.

En el redil onubense, donde impera el bipartidismo con algunos retales izquierdistas, no parece plausible que estos partidos minoritarios entren en el reparto (en parte, por su endémica sequía de recursos). Sin embargo, para la maltrecha salud de la democracia no estaría de más abrir el espectro y acabar con mayorías absolutas impositivas, dando cabida a otras voces denostadas por la Ley D´Hondt.

Los posibles llavines de gobierno quedarán en meras quimeras, sin cerraduras donde encajar; así lo dicen los prolíficos estudios demoscópicos. El mérito de estas pequeñas agrupaciones es el renacer constante haciendo realidad el (recurrente) mito del ave Fénix. Menos de dos meses, 27 concejales a elegir y un camino rocoso donde muchos errarán. Campañas baldías, maletines sin rédito y unas sillas que apenas cambiarán de color. El voto decidirá cuál es la llave maestra.

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