MIRADOR
El voto
[Andrés Marín Cejudo]

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Andrés Marín CejudoSon felices los domingos de urnas que esperan ansiosas la llegada de los sobres del misterio. El voto (ya sea rojo, azul, amarillo, en blanco o nulo a conciencia) viene a ser el acto supremo de nuestra libertad. Al menos, de la libertad que nos dejan ejercer. La democracia es, desde luego, el menos malo de los sistemas, pero es el que nos hemos dado y el que hemos aceptado, aunque muchos pensemos que es francamente mejorable. De su imperfección podemos dar cuenta en España y en Europa sólo con mirar a Marbella y acordarnos de Gil y compañía, o a la Italia de Berlusconi, que sigue ganando elecciones como si la cosa no fuera con él. El voto (lo recordaba el miércoles Alfonso Guerra en Las Américas) tiene el poder de igualar a todo el mundo, desde el banquero milmillonario hasta el parado que suda y llora para alimentar a sus hijos. Habría que añadir que tiene el poder (también) de dejar desnuditos como los hijos de la mar a los candidatos que llevan meses perdiendo la garganta a costa de promesas y cantos de sirena. Con todo, en muchas ciudades y en muchos pueblos (ya lo verán) ganará, como suele, la abstención, que los políticos desprecian como si no fuera el asunto capital que sin duda es. Las plazas de España se han llenado estos días de gentes pidiendo la democracia real. Y ya era hora. Porque en nuestros 34 años de libertad nos hemos llenado de tics y costumbres no escritas que hacen al sistema más imperfecto de lo que ya es por naturaleza. Hay que indignarse, sí. Y también preguntarse qué hay que hacer para que las cosas cambien. Podríamos empezar por llenar las urnas de votos, por exigir una democracia más participativa y más alejada de la partitocracia imperante, y, sobre todo, por perder el miedo, que tiene muchas caras. Cada vez más grandes y más feas.

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