TRES CALLES
Antonio
[Enrique Seijas]

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Enrique SeijasComo les comenté la última vez, estuve en El Rocío, vi desde dentro de la Basílica salir a la Virgen y asistí a la llegada de hermandades, los dos rosarios y la misa; disfruté la hospitalidad de Huelva y Granada, de Isabel Mora y su esposo Rafael Íñigo, de mi prima Juana Rosa y, además, saludé a amigos onubenses que no veía desde hacía treinta años, otros de Almería sin contacto durante quince y hasta de Jaén con un poco menos de distancia; incluso conversé con granadinos a los que no suelo ver por la ciudad, por que El Rocío es así ¡qué les voy a contar!
Aunque no va de eso esta columna, sino de esos críos que son la semilla segura para mantener encendida la llama, de entre los que quiero destacar el amor que los nietos de mi querido amigo Diego López, almonteño de pro y con casa en la aldea, sienten por los caballos y lo bien que se manejan entre ellos, sobre todo la mayor; y esos críos de la Hermandad Matriz que se han convertido en verdaderos maestros del tamboril y la flauta, como bien demostraron surante la misa de pontifical y en otras ocasiones.
De cualquier modo quiero destacar a Antonio, no conozco su apellido, de la Hermandad de Escacena, “doce años para trece”, asegura él mismo, que domina como pocos los mulos que tiran de la carreta del Simpecado, ordenándoles con voz autoritaria los movimientos y deteniéndose ante ellos, de espaldas, para cerrarles el paso en los momentos de espera, largos momentos muchos de ellos, en las arenas de la aldea hasta encajar en el lugar que le corresponde.
Con desparpajo se vino hacia nosotros, Gustavo, el compañero que manejaba la cámara, y yo, para preguntarnos de qué televisión éramos y qué queríamos captar de la romería; fue una conversación no muy larga, pero extraordinariamente agradable y enriquecedora, durante la que Antonio se explayó contándonos cómo y por qué está aprendiendo el oficio de carretero, su entusiasmo como rociero y confesó que espera seguir haciendo el Camino mientras pueda.
Niños como Antonio, y como otros –recuerdo a uno que hizo arrodillarse a los bueyes ante la puerta abierta de la Basílica, creo que era de Triana, pero no pudimos hablar con él, y a otro, de apenas cuatro años, que montaba muchísimo mejor que los adultos–, garantizan que nuestras tradiciones se mantendrán en el tiempo. Y eso, no cabe la menor duda, es para enorgullecerse.

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