OFF THE RECORD
Guerra y sal
[Lorena Martín Montilla]

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Lorena Martín MontillaEscudos de plata. Acero metalizado sobre arenal ensangrentado. Benjamín Franklin decía que jamás hubo una guerra buena o una paz mala. A pesar de que las bombas trampa están arrebatando vidas de la forma más cruel e impensada, de la vergonzante valentía escondida detrás de asientos parlamentarios, del peligro inherente a los fusiles de asalto, siguen embaucándonos con la osadía convencida de esquivar la guerra disfrazándola de causa humanitaria.

Afganistán es tierra de conflictos; las muertes de soldados españoles son su triste bagaje. Sin democracia avenida, la retirada es inminente. Nunca se ha reconocido el embalaje bélico que envolvía esta operación callada; el autoproclamado pacificador no podía aventurarse en una guerra a campo abierto pero tampoco debía perder la amistad de los aliados internacionales. La misión de paz escondió muchos miedos pero con el tiempo ha conseguido quebrar los tabúes y dejar sitiado al gobierno. Es el triste canto del combatiente, de los rostros anónimos que batallan sin entender por qué. Y continúan sin respuestas.

Aquellos que recorren los pasillos del Congreso siguen actuando como infantes despistados mientras miran de soslayo al Medio Oriente. Su ocupación son las guerras internas, esas que muchos intentan escabullir, agotado el reloj de arena, entre pactos nerviosos y atropellados con los nacionalistas. Es la lucha de partidos entre los que se niegan a aceptar los resultados del 22-M y los que se afanan en depurar responsabilidades para justificar impuestos revolucionarios. Es la disputa de ideologías que no existen en un intento de (des)estabilizar pactos de gobierno. Más tabúes.

Muy lejos -no tanto como las tierras afganas- queda la guerra de los trabajadores, héroes de carne y hueso perdidos en una ardua búsqueda de empleo con el miedo de romper la alcancija de toda una vida. Más maquillaje para no reconocer que este combate se está perdiendo desde hace meses mientras el soldado Alfredo llegaba desde la retaguardia. Demasiado belicismo para los que son embajadores de la “paz social”.

Pero lo más desalentador son esas heridas de guerra que dejan profundas cicatrices y cuando aún están por cerrar, la sal vertida aviva su dolor. Y es que la paz más desventajosa siempre es mejor que la guerra más justa.

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2 comentarios

  1. Buena columna. Me ha gustado el hilo conductor. Además, añadiría las guerras locales que se traen entre manos en la Diputación de Huelva que les va a costar muchas “bajas” a los socialistas.

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