EL DUENDE
Las Colombinas y el mar
[Bernardo Romero]

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Bernardo RomeroHabía numerosas variantes para colarse en las casetas de Colombinas, casi todas con rótulos de conocidas fábricas del Polo Químico. El más usual era el de la paciencia. Te arrimabas a la pequeña valla que impedía el libre acceso a las casetas y esperabas a que en la puerta de la misma se formara un poco de bulla. Cuando veías que los porteros estaban liados con el personal que intentaba entrar sin invitación, saltabas y se acabó. Dabas un voltio por la caseta, comprobabas que no había chavalas dispuestas a pegarse un bailongo contigo y tu refresco de limón, y te largabas a otra. Vuelta a empezar.
Con este plan no es de extrañar que los jóvenes dejáramos de ir a las Colombinas, hurtadas a la ciudad como la propia ría a la que se asoman, por las fábricas del Polo Químico que impulsara el gobierno del general Franco en los sesenta, necesitado como estaba de un basurero donde esconder las miserias de su urgente política desarrollista, iniciada tras el desembarco aliado que se vino a producir dos décadas después de un plan Marshall que lo único que dejó en la neutral España fue la maravillosa película del maestro Berlanga. Treinta años después de aquél esperpento, el alcalde Pedro Rodríguez vino a recuperar las fiestas, o a recuperar lo que pudo de las decadentes Colombinas: se hace lo que se puede, los milagros sólo los jueves, tal como nos contó también Berlanga y como contara en “Contra Paraíso” don Manuel Vicent que ocurrió en las cuevas de Vinromá. Con las Colombinas pasa algo parecido.
Sin nada especial más allá de los cacharritos, los puestos de turrón, la tómbola y el tren de la bruja, las Fiestas Colombinas han visto como los nombres de las fábricas han ido despareciendo del frontis de las casetas, ahora más numerosas y ambientadas. Huelva, por lo que se ve, tiene ganas de divertirse. El verano también lo demanda y al igual que la colonia extranjera afincada en Huelva a fines del siglo XIX tuvo la idea de montarse sus fiestas en conmemoración del Descubrimiento de América, unas fiestas con sabor a mar, los onubenses de hoy también quieren pasar unas noches de diversión y fresquitos a la vera del mar, por mucho que no haya mar en el que bañarse. Y esto es realmente lo que le falta a la ciudad, el mar. Su mar.
En las Cuevas de Vinromá, entre naranjos y en ese tiempo de alpargates y gazuza, la Virgen no acudió a su cita con los peregrinos. Aquí y si el tiempo no lo remedia, tampoco el mar, violentado por los malos que allí siguen depositando sus vergüenzas, llegará a su cita con los onubenses y la historia de unas fiestas populares a las que les falta la travesía a nado de la ría, las regatas, los concursos de pesca y todo lo que habría hecho de las Colombinas unas fiestas con su identidad y hasta con su razón de ser. Por la noche, entre ponches, chocos fritos y pinchitos morunos, los deportistas, sus amigos y familiares, acudirían a las entregas de premios, a las cenas a la vera de la ría, elevando un vaso con vino de la tierra, canela, melocotón y gaseosa La Raza para brindar por el robalo de kilo y medio, por haber llegado cuarto al muelle de las canoas de Punta Umbría, o por haber remado más y mejor que todos sus contrincantes.
De momento, sólo unos pocos tontos, como el Mauro de la película de Berlanga, permanecemos con los brazos en cruz esperando la recuperación de la ría. Esto servirá al menos para que nuestros hijos, nuestros nietos, sepan que aquí hubo una ría en la que se podía regatear, en la que uno se podía bañar o en la que se podían pescar sargos, herreras y roncaores. Mientras mantengamos viva la memoria colectiva, se podrán recuperar algún día la ría y las Fiestas Colombinas, unas fiestas que, inevitablemente, deben tener sabor a mar.

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