MIRADOR
Un misterio que decir
[Andrés Marín Cejudo]

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Andrés Marín CejudoCuando se disipe el humo de los turiferarios y se acallen las voces y los tópicos de los cientos de aduladores empeñados en construir un mito viviente, quedará –esbelta y rotunda— la figura de un diestro revolucionario y adelantado a su tiempo que está haciendo más bien a la fiesta que todas las defensas que se escuchan y se leen desde la llegada de estos tiempos inciertos al mundo de los toros. José Tomás ha hecho suya aquella máxima de Rafael el Gallo: “Torear es tener un misterio que decir, y decirlo”.

Lo dice su extraña figura, su tipo de torero extraño y distraído, su timidez compulsiva, su valor sobrehumano, su manera de entender un arte que va más allá de cualquier canon imperante. Le sobran, ya digo, tiralevitas y monaguillos entregados. El tiempo pondrá en su justo sitio a un hombre que ha demostrado cientos de veces, contra lo que pudiera pensarse, su enorme amor a la vida, en el sentido de que hace gozar a los demás con un trapo rojo y unos pies colocados en lugares intolerables para cualquiera que se dice figura y reina en el escalafón. Huelva tiene la dicha de ser una de las plazas elegidas por el maestro de Galapagar para la brevísima temporada de su reaparición, en la que apenas toreará nueve corridas. José Tomás ha reventado las Colombinas (la taurina y la festiva, allá junto a la ría) mucho antes de venir, lo cual es algo que esta ciudad deberá agradecerle algún día como sin duda merece. El coso de La Merced entra, en este 2011 de crisis compulsiva, en la historia moderna de los toros, letras doradas imposibles de borrar. Quieto, colocado en terrenos imposibles, José Tomás volverá a recordarnos la enorme dicha de ser aficionado.

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