Un divertimento metateatral

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Representación de 'El amor enamorado'.

(Texto: BERNARDO ROMERO) EL AMOR ENAMORADO, de Lope de Vega en versión de Álvaro Lizarrondo. Dirección: Fefa Noia. Producción: La Caimana. Escenografía: Silvia de Marta. Vestuario: Alejandro Andújar y Ana López Cobos. Iluminación: Manuel Fuster. Sonido: Javier Almela. Intérpretes: Mónica Buiza, Rebeca Hernando, Andrea Soto, Álvaro Lizarrondo, Silvia Nieva, Sancho Ruíz y Alejandro Saá.

Como todo hijo de vecino, Lope de Vega tuvo que escribir mucho y además diverso para poder alcanzar un desahogo económico suficiente que le permitiera disfrutar, entre otras cosas relativas al buen vivir, del amor, ese ansia por todos compartida. El Fénix se las ingenió como pocos para tener material a punto para unos y para otros, para todos los públicos; por lo que igual le ofrecía a la plebe una hilarante comedia de capa y espada, que a la corte una de amoríos bien trufada de héroes, dioses, forestas, pastores y riberas por las que al fluir del agua cristalina acuden ciervos y sierpes. También Cupido, que en esta imposible hoy de representar comedia de El Amor Enamorado, se hiere a sí mismo después de asaetear a todo bicho viviente.

Sobre semejante presupuesto, la compañía La Caimana construye su particular montaje teatral. Divertido y bien representado, sobrado en un decorado a juego con la intención y una selección musical que va de perlas. Hasta la iluminación y los efectos sonoros, a cargo éstos del fenomenal grupo de actores, consiguen atrapar a un espectador que debe estar muy atento y metido en la obra para disfrutarla plenamente. Es metateatro, teatro dentro del teatro (el barroco, curiosamente, lo utilizó con frecuencia), un discurso planteado con suma pericia por la sagaz Fefa Noia en la dirección, y por el también actor Álvaro Lizarrondo, responsable del texto último que con sus compañeros de La Caimana han subido a escena.

Se antoja complejo seguir, prácticamente con la sola ayuda de gestos y entonación, las vicisitudes de un grupo de antiguos alumnos, componentes del grupo de teatro del Instituto en el que estuvieron estudiando quince años atrás y que se vuelven a reunir para mostranos qué fue de sus vidas, de sus relaciones después de tantos años, que es decir volver a recordar cómo fueron aquellos años, qué amores fructificaron y cuáles se frustraron, qué queda hoy y qué podrá pasar después de este nuevo encuentro, para unos, y desencuentro, para otros. Resulta difícil cuando además sobre esta narración se superpone el texto – por cierto un verso muy bien dicho, a pesar de la burla que se traen entre manos actores y directora – de una obra de Lope destinada a ser representada en la Corte, que sólo se puede digerir, hoy, de esta manera en que La Caimana la ha planteado. Una de las cosas más divertidas de la noche, por cierto, fue comprobar como algunos espectadores, pensando que de una comedia clásica de Lope de Vega (y Carpio) iba la historia, no pudieron entender ni resistir la entretenida obra y se fueron aburridos antes de terminar la función. Esto es más metateatro todavía, un último recurso escénico que se planteó en la noche del sábado en Niebla, en un festival que con obras como esta demuestra estar a la altura de las circunstancias, como demuestra desde hace años el pundonoroso equipo de la Diputación, que nos está volviendo a demostrar que, tal como ocurre con La Caimana, son gente de teatro, entregada al teatro y enamorada del teatro.

Ni nos atrevemos a comentar los aspectos puramente interpretativos porque todos, sin excepción brillan en sus respectivos papeles. Quizás sí deberíamos citar la sonrisa de Andrea Soto, una hermosa joven que estuvo interpretando, y muy bien, absolutamente toda la hora y media larga que dura la función; pero esto nos obligaría a citar también a un Cupido (Alejandro Saá) que hace de la comedia un arte; o a un Sancho Ruíz que es todo potencia y convicción en el verso y en la acción; a una Mónica Buiza elegante y segura en todos sus movimientos; al rotundo Álvaro Lizarrondo; a una Rebeca Hernando que demuestra ser actriz hasta mascando chicle mientras espera entre unas bien visibles bambalinas; o a ese pedazo de actriz que es Silvia Nieva, que no cesó de decirnos en ningún momento que estábamos presenciando una buena comedia. ¡Y vaya comedia!

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