EL LABERINTO
Lo que hablan los otros
[Javier Berrio]

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Javier BerrioVivimos exentos de autocrítica. No queremos ver que también nosotros erramos. Artur Mas habla y suenan las campanas del sentimentalismo andaluz. En aquello que deberíamos ser nacionalistas se prefiere el españolismo y en las verdades, nos enfrentamos al herido honor patrio andaluz. Lo que se habla en algunas partes de Andalucía, ¿es castellano? Lo dudo. ¿Lo que se sale hablando de los colegios o institutos de algunos núcleos de población de Andalucía es el llamado español? Creo que no. ¿Que muchos de esos niños y adolescentes son aprobados? Por supuesto. ¿Que existe enfado general por la inmersión lingüística en Catalunya? Sin duda. ¿Que lo que hablan los alumnos catalanes es castellano? Pues claro. Y, ¿por qué nadie se aplica la regla? Porque no hay interés.

Desde el intento de desprecio de: “El catalán es un dialecto” hasta “La única lengua de España es el español”, toda la variedad de despropósitos que queremos. Que los gobiernos catalanes se equivocan en esto de la lengua, ¿quién lo puede dudar?, pero no nos convirtamos en esperpentos del “vivan las ‘caenas’” en tan ‘cañí’ defensa de lo ‘español’. Recorramos algunos de nuestros barrios a ver qué suerte de castellano hablan esos adolescentes de cabeza rapada y cubierta engominada. Entremos en algunas zonas de Andalucía a descubrir el trato que se da al hermoso idioma de Cervantes. Escuchemos hablar en algunas partes del agro andaluz, algunas muy cercanas a nosotros, y juzguemos si ese idioma es ‘español’, algo parecido al ‘español’ u ‘otra cosa. Pero a nadie se le ocurre pensar en la obligatoriedad de que los estudiantes andaluces salgan de los colegios o institutos hablando castellano. Es más, ¿se le ocurre a alguien pensar que sería sensato pedir a nuestros alumnos que sepan expresarse en castellano estándar además de en cualquiera de las hablas andaluzas? ¡Caro que no! Porque Andalucía es monolingüe aunque lo que se hable en algunos lugares no sea exactamente ‘español’ o, aún peor, no haya cristiano que lo entienda. Lo importante es que en Cataluña –también en otras partes del Estado-, se hable ‘español’, que aquí se hará lo que nosotros queramos. Nos podríamos reír todos juntos ante lo ridículo de la imposición, si no fuese por el patetismo que representa: queremos decidir lo que se hace en nuestra habitación y en habitación ajena también.

Para mí, uno de los placeres de la vida es escuchar castellano, leer o escuchar poesía en castellano, disfrutar de la indescriptible armonía que resulta de la sabia combinación de vocablos castellanos. Cómo explicar el dolor que produce oír cómo emplean la lengua castellana –que es la lengua de los andaluces desde hace ya cinco siglos-, tantos andaluces. Existen varias maneras fonéticas de hablar castellano en Andalucía de las que nada tengo que decir, porque son sensatas, hermosas e inteligibles. Pero esto nada tiene que ver con el problema de fondo: muchos alumnos andaluces no hablan castellano y salen de los centros formativos sin idea de cómo hacerlo. Pero lo fácil es criticar al vecino y emplearse a fondo a ver cómo se le puede obligar a hacer lo que yo no pongo en práctica en mi tierra cuando, a la postre, los de allí si hablan el idioma que defiendo mientras que aquí, bueno… Mejor enmendamos a los otros, resulta más ‘español’ y no entraña riesgos.

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