Lecciones para el recuerdo de Nuria Espert

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Nuria Espert en 'La violación de Lucrecia'.

Nuria Espert en 'La violación de Lucrecia'.

(Texto: BERNARDO ROMERO) LA VIOLACIÓN DE LUCRECIA, poema de William Shakespeare traducido por José Luís Rivas Vélez. Dirección: Miguel del Arco. Escenografía y vestuario: Ikerne Giménez. Iluminación: Juanjo Llorens. Creación sonora y diseño: Sandra Vicente. Intérprete: Nuria Espert.

En una sociedad ahíta de información como esta de hoy mismo, va a ser complicado construir un mito como este que es Nuria Espert. Una persona culta, formada en todos los aspectos, incluido el de la interpretación, como demostró ayer sábado en Niebla, dedicada al teatro en cuerpo y alma, tocada además por los mismísimos héroes, no se va a encontrar fácilmente en este marasmo infinito que es hoy la oferta cultural amplia y diversa, un muestrario en el que sobresale, y sobresalir se debe traducir en minutos de aparición en televisión, la mediocridad, o simple, lo que puede llegar a mientras más personas, mejor. Este es el panorama.

Resulta evidente que difícil o imposible, a elegir, será el hecho de que volvamos a toparnos con una actriz como Nuria Espert, toda una referencia del teatro español que a estas edades doradas y cuando se le modelan piezas como este poema de Shakespeare, responde con toda una lección de teatro. Se nos viene a la cabeza que muchos jóvenes que se acercan a un teatro y tienen la inmensa fortuna de encontrarse de frente, sobre el escenario, a esta inmensa actriz, tendrán algo que contarle a sus nietos: “yo vi a Nuria Espert”.

En La Violación de Lucrecia, ha contado con un texto fiel al original que ha tenido a un acertado Miguel del Arco para dirigirlo. La escenografía, mínima pero rotunda, con el acertado utillaje y vestuario a mano de la actriz, no ha podido mejor. Una iluminación magistral han conseguido hacer de los ochenta minutos que dura la obra un hermoso momento para disfrutarlo en toda su dimensión. Quizás en la primera mitad se deberían de haber tenido en cuenta algunos momentos de silencio, cubiertos por efectos sonoros y por movimientos de la actriz en la escena. Puede. Pero es cierto que el tiempo se pasa volando y en la última media hora con el espectador en absoluta tensión. No se oía una mosca.

La Espert, como es natural, estuvo a su nivel, siendo, suponemos que aposta, algo histriónica cuándo la acción lo demandaba. Hay que tener en cuenta que de representar a una actriz que ensaya una obra se trata. Una actriz que nos regala todos los papeles de este segundo poema conocido de Shakespeare, en el que recrea la fundación de la república romana y el fin de la monarquía y con ella de los tarquinos, desterrados ya para siempre de aquellas tierras y de aquella joven república que todavía hoy, pasados tantísimos siglos, nos sigue asombrando. Es pues Espert, el lascivo Tarquino y es la hermosa Lucrecia, pero también el fiel y noble Bruto, un simple mensajero o el desventurado Colatino. Todos los papeles y todos los registros, con una habilidad depurada en pasar de la narración a la interpretación. Como decíamos, toda una actriz. Una delicia.

Dejo para el postre lo más importante: Nuria Espert, convence. Te cuenta y te convence, te mete en la historia y sientes la desventura y la ambición, la infamia y la desolación. Cuenta la actriz y el espectador recoge todo lo que ella va narrando, que son experiencias y drama, que son una historia contada a la luz de unos focos con un auditorio delante entregado, ávido de ver y entender lo que es una interpretación. Dama de la escena, gloria del teatro español de todos los tiempos, mucho nos tememos que deberán pasar muchos años, al menos hasta que este torbellino informativo se calme, para que se pueda volver a construir un fenómeno como este, como esta Nuria Espert que algunos, cuando sean mayores, podrán contar a sus nietos que vieron y sintieron sobre un escenario allí, delante de ellos. De esto, el teatro, trata.

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1 comentario

  1. Bernardo: sin menoscabar la grandeza de la Espert, la vieja escuela asoma con ella. Me recuerda la Isabel la Católica de la Asquerino. No creo que Shakespeare entendiese así a su Lucrecia.

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