TRIBUNA
Una de cesantes
[José A. Gómez Marín]

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José A. Gómez MarínHay una figura tradicional en el pasado español: la del cesante. Propiamente no debe hablarse de tal –es decir, del empleado público despedido por una nueva Administración—hasta que llega el régimen de partidos, y eso ocurre con Cánovas y su Restauración, sostenida por el llamado “turnismo” o gobierno sucesivo del Partido Conservador y el Partido Liberal. Llegaban los conservadores y abrían la nómina pública a los suyos; llegaban los liberales y echaban a los conservadores para hacer sitio a sus fieles. Nadie se quejaba de lo esperado, porque esas eran las reglas del juego, unas reglas perniciosas que sólo con posterioridad serían sustituidas, aunque nunca por completo, en el régimen administrativo moderno: a la Función Pública se ingresa por oposición, sin perjuicio de que pudieran hacerse contratos temporales para satisfacer necesidades descubiertas. Lean “Miau” de Galdós y verán lo que es bueno, lean el pasaje famoso de “Luces de Bohemia”, de Valle-Inclán, en que Max Estrella le canta las cuarenta al ministro amiguete. En España se ha buscado siempre vivir de la nómina pero sólo en ese régimen libre ha funcionado medio bien el servicio del Estado. La dictadura franquista, como la anterior, lo reservó, salvo raras excepciones, para las familias del Régimen. Y desde que tenemos democracia, lamentablemente, se practica algo parecido: cada partido coloca a los suyos y veta a los ajenos. ¿Qué le vamos a descubrir a los valverdeños a estas alturas?

No llevan razón los trabajadores despedidos del Ayuntamiento de Valverde cuando se revuelven con el latiguillo de que son “despedidos políticos”. Nada de eso. Son despedidos sin apellidar porque, con la misma autoridad con que fueron agraciados, se ven ahora desalojados de los puestos de confianza, por la misma razón que, mientras gobernó el PSOE, no era ni imaginable que fuera contratado en el Ayuntamiento un trabajador pepero: porque cada partido busca disponer de gente de su confianza. Normal.

Ahora bien, el Ayuntamiento de Valverde está en quiebra y no desde que gobierna el PP puesto que ya con el PSOE las nóminas dejaron de pagarse. Y está en quiebra a causa de una catastrófica gestión que –haya paz—esperemos que no acabe en los Juzgados, llevada a cabo por los gestores del PSOE. La nómina de ese Ayuntamiento acorralado por la Junta y el Gobierno, por otra parte, resulta insostenible y es necesario, en consecuencia, que el gobierno municipal la adecue y reduzca a unas dimensiones razonables. ¿Cómo? Pues no hay otra manera que despidiendo a los mismos trabajadores que el PSOE metió graciablemente en sus oficinas, cualquiera que sean sus ideas, que por supuesto, lo normal es que sean –como ellos mismos protestan—afines al PSOE. Ojalá se pudiera erradicar el paro mediante una oferta pública sin fondo, pero ¿quién podría con esa carga fuera de los emiratos árabes? No, no hay que darle vueltas. Los trabajadores ahora despedidos deberían agradecer el tiempo que, mientras otros estaban en el paro (¡y también por sus ideas, claro está!), ellos han estado cobrando a fin de mes. En ocasiones, y no pocas, con varios sueldos en la misma familia. El resto no es otra cosa que el derecho al pataleo que, desde luego, no se le puede negar a nadie. El que yo no ejercí, por ejemplo, mientras uno de esos empleados políticos me insultaba, durante años, cada “Quince días”.

Hagan oposiciones, háganme caso, porque ganándolas no tendrán que temer por el resultado de unas elecciones. Ni depender o bailarle al agua a ningún prebostillo. Y mientras tanto, aguarden a que su partido vuelva a ganar en las urnas, mientras la alcaldesa legítima intenta el milagro de los panes y los peces, endeudada por otros hasta las trancas, e hipotecada por muchos años. No ella, en realidad, sino Valverde. Porque a quien han arruinado los gestores del PSOE durante la pasada orgía no ha sido sólo al Ayuntamiento, sino al pueblo de Valverde. Los personajes de Galdós eran más consecuentes y sabían que en la timba política, lo mismo que se gana, se pierde. Nada, pues, de “despedidos políticos”. Los que han salido o tengan que salir de esas oficinas pueden y hasta deben darle gracias al PSOE pero no tienen el menor derecho a exigirle nada al PP.

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