El Ayuntamuerto

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[Nacho Fernández ]

En uno de mis últimos paseos cotidianos por los foros de internet, me encontré con un acertado comentario de ese buen periodista que es Javier Berrio, en el que deslizaba un error sintáctico propio de un “lapsus calami” al escribir deprisa, que es como se suele escribir en estos foros para contestar a una opinión, es decir, a pecho descubierto y sin pasar ningún corrector, tal como lo hace quien tiene un buen conocimiento de nuestra lengua. Pues bien, la palabra escrita era “ayuntamuento” y claro, su lectura rápidamente me sugirió otra similar: ayuntamuerto. Se lo comenté y ambos nos reímos con esas risas escritas que intentan describir, haciéndolo parcamente, un estado de ánimo. Son risas que lo mismo disfrazan una mueca que reflejan un sentir jocoso sano, como aquellos emoticones que tanto afean un texto y tanto se utilizan, sobre todo por nuestros jóvenes. La nuestra estoy seguro de que fue una risa franca.
Una vez referida la anécdota, volvamos a la palabreja digna del diccionario del escritor y humorista José Luis Coll, tristemente desaparecido, quien seguro que si viviera en los tiempos actuales la definiría así: Ayuntamuerto: dícese del ayuntamiento que, como la mayoría de los actuales, está en bancarrota y en él no hay movimiento alguno que justifique su función.
No voy a entrar a personalizar culpas, que por supuesto las hay y muchas, ni tampoco a nombrar culpables, los lectores lo sabrán hacer mucho mejor y con más conocimiento que yo. Pero es lamentable, por no decir trágico, el estado en que se encuentran la inmensa mayoría de nuestras administraciones más próximas. Muchas de ellas por problemas heredados de anteriores corporaciones, bien por mala previsión o bien por el despilfarro de sus ediles. Total como el dinero público no es de nadie, que diría una ex-ministra, pues a tirar con pólvora ajena, que es gratis.
Después, cuando llegaron las vacas flacas, todos a escurrir el bulto y a culpar a los anteriores o a la crisis, que ha sido la muletilla repetida hasta la saciedad para justificar lo injustificable. Otro gallo nos cantaría si las responsabilidades, no sólo fueran políticas, sino también penales. Pero no se les exigen, aunque la malversación de caudales públicos sea un delito tipificado en el código penal. Se van de rositas, si es que no se quedan en la oposición afeándole al contrario los mismos desmanes que han perpetrado ellos en su mandato. Esperando, con la mayor desfachatez, volver a regir el municipio en próximas legislaturas, si no lo hacen antes pactando “contra natura” con otro partido de su misma ralea o captando algún edil contrario que previamente se pasa al grupo mixto, para en los siguientes comicios militar en su partido, siempre con el generoso “agradecimiento” por parte del corruptor.
Es la casta política, que vive de esto y vive muy bien, alguno de ellos sin otro oficio ni beneficio. Que cuidan el chollo porque, si lo pierden, difícilmente tendrían otro medio de vida. Han vivido siempre al amparo de su partido y no conocen otra profesión que la política. Por eso, cuando pintan bastos, buscan el amparo del partido para sobrevivir con alguna sinecura con la que les paguen los servicios prestados, al partido claro, que no a su pueblo.
Son charlatanes de feria que, como buenos profesionales de la adulación y usando una retórica manida, rayana en la catetez, persuaden al pueblo con muletillas y frases huecas o rimbombantes, abusando del tópico y del eufemismo, en una jerga común, que creen que es culta y no es es más que un atentado a los más elementales principios de la Gramática, lo importante en su discurso es hablar mucho para no decir nada. Prometen quimeras y utopías sabiendo que no las van a cumplir, ya que conocen por experiencia que la memoria es frágil, que en cuatro años casi todo se olvida. Y en las siguientes elecciones vuelven a prometer lo mismo pero tuneado y con edulcorante para que cuele, porque, cuando lo pudieron realizar, tampoco hicieron nada por cumplirlo. Como diría el castizo: prometo, prometo hasta que la meto. Disculpen la grosería pero es así.
¿Cuántos de éstos nos encontramos en el panorama político del país? Nunca en la historia moderna hubo tantos como en la actualidad. Nunca hubo tantos vividores de la política, tanto déspota ni tanto desaprensivo como ahora. Su única preocupación es su propio estatus y para nada el de sus convecinos. Después de esquilmar las arcas, despiden o dejan a trabajadores con salarios tercermundistas, para continuar ellos con sus prebendas. Para convidar a amiguetes a pastar en el pesebre de las arcas municipales, llamándoles eufemísticamente asesores. Cuando la situación se vuelve muy adversa, se ponen de perfil y lo más que hacen es un recorte simbólico en sus pingües emolumentos.
Esas castas, a las que alguno se refiere benévolamente como clase política, deberían desaparecer como tales, pero nos las imponen las llamadas listas cerradas. No quiero calificar la bondad o maldad de éstas respecto a las abiertas pero, probablemente, si predominara la honestidad en la política y si el fin primordial de los políticos, para lo que se les nombra, fuera el bienestar de la sociedad y no el de ellos mismos y de su partido, las listas podrían ser abiertas perfectamente.
Pienso que la inmensa mayoría de estos personajes son honrados en el inicio de su andadura, que anteponen el bien de su pueblo al medre personal, hasta que experimentan la erótica del poder. Fue lord Acton quien lo dijo: El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.
La moral de estos tiempos es caldo de cultivo para que proliferen estos especímenes, es la cultura del vale todo y el no pasa nada. Se ensalza la figura del delincuente y se jalean sus actos en medios televisivos, quedando como referentes para una juventud que crece sin fe ni esperanza en el futuro.
Me consta que hay muchos políticos que intentan perdurar en su honestidad, pero la mayoría de ellos acaban sucumbiendo fagocitados por su propio partido, si es que lo tienen, porque si no ya se preocuparán los otros de anularlos. Y los que sobreviven, que también son muchos, lo hacen a trancas y barrancas, planteándose continuamente si merece la pena seguir.
Necesitamos una regeneración política y ética, una catarsis profunda en los principales partidos, no un cambio de actores para seguir dando la misma función, si lo que queremos es salvar la democracia y recobrar la fe en el Sistema. Si no nos veremos abocados a la aparición de iluminados que preconizan la desobediencia y el desorden cívico, como estamos viendo recientemente en este país, tan maltratado por las castas políticas, donde la gente ha perdido la esperanza de lograr el bienestar por el que tanto ha luchado y que tanto se merece.
Aprendamos de la Historia para no tener que repetirla. Que no pase como en esos países del norte de África y del Oriente Próximo, que no se vuelva a repetir otro fratricidio como en el 36. Los pastos están secos y hay mucho pirómano presto a encender la mecha.

Nacho Fernández.

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