EL DUENDE
Si viven en una casa
[Bernardo Romero]

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Bernardo RomeroSi por casualidad viviera alguno de ustedes en una casa, sabrán como es natural que las casas tienen vida, que están dotadas de alma. Son sensibles en grado sumo. Por la mañana gustan de que se les abran puertas y ventanas, que se rieguen las flores del patio, el jazmín y el limonero, que se humedezcan los parterres de petunias y gladiolos, de clavellinas y begonias. Al poco, antes de que apriete el calor, solicita que se le cierren los aires cálidos, que las sombras se adueñen de estancias y salones. Las casas, también, necesitan sentir la vida. Les disgusta que sean dormitorio, refugio para ver la televisión y poco más.
En el caso de que las casas estén habitadas, vividas, que sientan el suave andar de quienes la viven por los pasillos, agradecen todos los cuidados acariciándote con el frescor de su interior, con el aterciopelado olor de las rosas recién cortadas. Las casas, si ustedes viven en una de ellas o las han visitado o conocido en alguna ocasión, transmiten algo más que sensaciones a quienes las habitan. Siempre, además, en todo tiempo, fue así.
Acabo de llegar de Madrid, donde me abrieron las puertas de un viejo caserón barroco en la calle del Marqués Viudo de Pontejos, cerca de la calle Correos donde estalló una bomba hace no demasiado, una estrecha calleja donde hubo un café en el que los onubenses de Madrid se reunían allí hasta que hace unas décadas cerrara sus puertas y hasta su recuerdo. La descripción de la casa la encontrarán ustedes, mejor relatada de lo que yo pudiera hacerlo, en las páginas de “Fortunata y Jacinta”, que ahora yo debería releer. Desde la buhardilla, la vieja y achacosa, pero cada día más elegante casa, me abrió el skyline matritense de par en par, dibujado sobre la sierra de Guadarrama, para que viera en Sol la torre desde las que cae la bola del carrillón en año nuevo, y hacia poniente el teatro Real y entrambos muchos edificios nobles como esta casa de techos altísimos, escaleras imponentes y aroma a caoba y madera de sándalo.

En aquel tiempo en que la burguesía cada vez más presente y potente la levantó y sintió, multitud de madrileños, tal como hoy ocurre, vivían en abrigos de fortuna donde apenas la temblorosa luz de un candil eran signo de vida, de pobre y triste vida. La primera vez que visité Roma, y en ella algunos vestigios de los habitáculos en los que hace dos mil años la multitud se hacinaba, supe que en todo tiempo fue igual, que hubo gente que pudo vivir en casas y otras gentes, las más, que no. También constaté entonces, que quienes vivían en luminosas villas campestres, rodeados del lujo y el esplendor de un tiempo que todavía hoy nos atrevemos a soñar, hicieron fortuna fabricando miserables viviendas sin vida y sin alma. Como estas que ahora sólo sienten la luz tenue de un aparato televisor, el vibrar de los altavoces de un ordenador personal. Tristes.
En Telépolis, este mundo dominado por la televisión, por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación que tiene alelados a los más jóvenes y alertados a quienes ven venir lo que están viendo, ya, venir, también unos pocos vivirán en casas adobadas de lujos y ostentación. El resto, una inmensa parte de la población, admirarán como siempre a los poderosos, soñarán con ser uno de ellos mientras las distancias se agrandan sin ni siquiera saber que andan sometidos por la propia ignorancia. Cuando salía de Madrid, la ventanilla del tren me iba mostrando una infinidad de bloques de viviendas donde esas multitudes de hoy anhelan ser como los privilegiados que, a su vez, miran por encima de la valla del vecino qué coche último modelo tienen ahora que comprar, para ser más.

En un chalé de Las Rozas, rodeado de un césped impoluto y palmeritas recién plantadas, con algunos millones aparcados en la grava de la entrada, percibí el mismo olor que aquella vez en que asomado a las desoladas ruinas de unos habitáculos de la época imperial, me invadió una sensación de soledad y desasosiego.
Entre la nada de unos, y el todo de otros, pocos, existe un mundo también real en el que te puede abrazar el olor del azahar mientras los gorriones se persiguen por entre las ramas del limonero, o te arrulla la dama de noche cuando el silencio al fin deja oír el crujir de las maderas de las celosías. Al fin y al cabo, la vida pasa por nuestras manos, por todas las manos. Sólo es cuestión de conocerla, de sentirla y de amarla, tal como ella nos quiere a nosotros.

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