Laíno en su tierra

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Manuela Laíno.

(Texto: Bernardo Romero)    Es tan grande la esclerosis que sufre el flamenco, que en cuanto un cantaor saca los pies del plato, ya sea con unas letras nuevas, adobando de modernidad un viejo son o fusionando de actualidad los palos grandes, su popularidad se dispara alcanzando incluso a un público que no tiene por qué proceder necesariamente de los sures más flamencos. Desde Caracol hasta Mercé ha sido así. Ahora los que intentan abrirse paso, cuelan en su repertorio algunas letras que, más o menos afortunadas, llamen la atención del respetable.

Lo pudimos comprobar días atrás en el recital que ofreció Rocío Márquez o este viernes último en el que nos regaló la almonteña Manuela Laíno. Ambas repitieron, como a modo de excusa, algunas letras de Chacón o la malagueña de Enrique el Mellizo ajustándose a los cánones, pero en todo caso dejaron sobre el escenario, o al menos a nosotros nos lo pareció, un querer salirse de lo de siempre, un querer vivir estos tiempos. Por tangos o por bulerías, pero estos tiempos.

Abrió el recital la almonteña por tangos, muy medidos y acompañados por el toque seco y exacto de un guitarrista que no deja de mejorar a pesar de que ya está en todo lo alto, Antonio Dovao. Manuela Laíno, en el canon. Pero al poco ya estaba metiendo una nueva letra por peteneras. Y fue ahí donde todo cambió. Cantaora y tocaor, que se conocen y tienen proyectos de futuro juntos sobre un escenario, empezaron a gustarse con un ritmo mucho más suave, más agradable. No había prisas. Desde las peteneras y algún pequeño problema con el retorno de los altavoces de escena, los artistas empezaron a gustarse y, por lo tanto, a encandilar al público que, no en gran número pero sí con una buena entrada, empezó a jalear a los artistas en momentos como el de la granaína que ajustó a su tono de voz de forma notable la Laíno, o en la seguidilla que el público aceptó encantado y que serviría a la de Almonte para demostrar en toda una peña flamenca que ella es cantaora y puede con todo. Especial atención merecería el cante por guajiras, también con una letra en exceso descriptiva de la saca de las yeguas almonteña, que interpretó con gusto y delicadeza, aprovechando para mostrar su deliciosa voz, el sentido de la armonía que en la cantaora se nos antoja absolutamente natural. Los cantes de ida y vuelta, con tantas posibilidades y con tanto por recorrer todavía están en el trabajo comparten en la actualidad Manuela Laíno y el tocaor y profesor de la Escuela de Guitarra de la Peña Flamenca de Huelva, Antonio Dovao. Por ahí tienen todavía y afortunadamente, mucha tela que cortar, pero por lo que pudimos ver y disfrutar en el recital de este viernes último, forman un tándem al que le auguramos muchas noches, como la de ayer, de éxitos.

La actuación de Manuela Laíno en la Peña Flamenca de Huelva terminó, como suelen hacer los mejores artistas que por esta sala pasan, acercandose a los cantes de la tierra. Quiso primero la cantaora dedicar unos fandangos naturales, que a nosotros nos gustaron especialmente, al galeno que le cuida la voz, el conocido y prestigioso otorrino Javier Jaramillo, presente en la sala. Pocos sabían que el doctor también sabe cantiñear por fandangos, pero ahora lo saben más porque la cantaora, desde el escenario lo desveló. Para terminar fandangos de Huelva y ahora Manuela Laíno nos gustó todavía más. Desde Calañas a Pepe la Nora, la de Almonte demostró que los cantes de su tierra, también los sabe cantar. Y sentir.

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