La luz y las horas

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Inauguracion días pasados de la exposición de Santana en Las Cocheras del Puerto.

(Texto: Bernardo Romero)  Despojado de toda referencia, sólo la luz y el tiempo allí atrapados, el mar en la mirada limpia del artista. Siempre el mar como reflexión y también como emoción. Mirar el mar.

Recordamos de Santana sus paisajes urbanos, aquella disección que hizo de Chicago, de una arquitectura que él reflejaba en el mar para mostrarla de forma más inquietante. Había ya allí una reflexión y un discurso sobre el que ha vuelto en este “Tránsito de luz”, en esta colección de cuadros que ha transformado en una soberbia instalación que pretende aislar al espectador, dejarlo navegar por esos mares y por esas emociones en las que el artista muestra sus conclusiones sobre el ciclo vital, sobre la propia experiencia de la existencia humana. Así que experiencia y reflexión, pero dominando la obra e incluso la intención, la emoción.

Enrique Romero Santana retrata en “Tránsito de la luz” las distintas horas, los distintos momentos del día, como metáfora de ese otro tránsito que es la propia vida, la suya o la nuestra, pues de la misma se trata, de ella y de su definición. Es pintura por lo tanto que incita al espectador a encontrarse consigo mismo, intimista, pero también abierta a unos conceptos que definen la experiencia del propio artista, pues es narración. Discurso de la emoción.

Es complicado establecer en profundidad un diálogo entre el observador y el artista a través del paisaje. Por ello Santana ha buscado en estas pinturas lo conceptual, como muestran de forma explícita algunas de las obras que aguardan al espectador en los distintos recorridos, incontables, que permite la soberbia instalación – más allá de una mera exposición – de Las Cocheras del Puerto. Es ahí, en lo conceptual que evita alcanzar la pura abstracción, dónde establece Santana su discurso para hacerlo asequible a quienes lo observan, a quienes disponen en consecuencia de una absoluta libertad para establecer un recorrido que se nos antoja recomendable hacerlo sin rumbo, dejándose llevar cada cual por sus sentimientos que son allí, en ese laberinto de sonidos y contraluces que ha construido en las amplias naves que ayer fueran cocheras del puerto de Huelva, sus sensaciones. Es menester dejarse llevar para alcanzar a disfrutar de este impresionante montaje. Dejarse ir. Al pairo.

La luz está en los cuadros y también en el cuidado que el artista ha puesto en cada uno de los detalles de la instalación. Un alarde técnico unido a un gusto exquisito convergen en la creación de una atmósfera cautivadora, casi mágica, en este hermoso laberinto de mares y de movimientos. La luz queda sólo en la obra, en las páginas de esta hermosa narración de cómo pasan las horas. El tiempo atrapado, quieto, en los cuadros de Santana. También el sonido del mar, sordo, intenso pero respetuoso con la liturgia que allí se celebra. Luz y sonidos, que el olor del mar, los movimientos también, son la dádiva que el pintor ofrece al espectador. Sacrificio y celebración.

Está la pintura y están los sonidos del mar tratados con el virtuosismo de un pintor extraordinario. El dibujo certero y la pincelada exacta, como necesariamente tiene que ser cuando es trazada por la libertad que sólo poseen quienes han alcanzado el conocimiento. Debemos observar los cuadros en su justa distancia, pero también es necesario acercarse para maravillarse con unas texturas, con una paleta absolutamente sorprendente, como la que sólo tienen a su alcance los genios de la pintura. Artistas. Santana lo es y eso no es menester descubrirlo, sino certificarlo una vez más ante la maestría de un grande de la pintura contemporánea que ha hecho de la sencillez no sólo un modo de vida, sino un instrumento que le ayuda a mostrar a los demás su visión de la realidad, sus ideas fundamentales y transcendentes. Santana no necesita la palabra, sólo el color y la luz. Siempre, la luz.

Realismo exquisito, pura ortodoxia y dominio del dibujo, del color, para alcanzar en algunos momentos el concepto primigenio, la idea sobre la que construye sus obras y a la que vuelve ya embarcado en la solidez de una obra que sólo se puede mirar, entonces, con la mirada de un niño. Conceptos. Abstracción y divertimento. Pura idea de lo vivido escrito con la sinceridad y la pureza de la que el pintor, en esta nueva experiencia, no se ha apartado en absoluto, porque detrás de esta que ha sido tremenda sorpresa incluso para sus más fieles y devotos seguidores, se encuentra, tangible, claro y evidente, el Santana de siempre, el artista que es capaz en su paciencia infinita, de pintar la espuma del mar atrapada en un instante, cabalgando la sal y mostrando la esencia, que es la luz, del paso del tiempo, del paso de las horas. La luz y las horas.

Enrique Romero Santana (Lepe, 1947) es licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona y en Filosofía y Letras por la de Sevilla. Desde muy joven mostró unas cualidades sorprendentes para el dibujo y la pintura, hasta el punto de que sus cuadros, que en su etapa juvenil llevaban la firma Enrique Romero, le servirían para financiar sus estudios y lograr una independencia económica que le llevó a vivir en París, donde ejerció unos años como psicólogo en importantes empresas hasta que una oferta expositiva le llevó a los Estados Unidos, de donde sólo ha vuelto para encontrarse con el mar, con su mar y con su gente. En la actualidad Santana reside y tiene estudio abierto en Chicago, ciudad cuya arquitectura le atrapó hasta el punto de haberla diseccionado con sus pinceles en una serie de cuadros que le han dado fama y prestigio internacional. Sus exposiciones han recorrido las más importantes galerías de arte y pinacotecas del mundo, y forman parte de importantes colecciones como Thyssen, Sandoz, Sidley & Austin, Gardener, Carton & Douglas, Reynders – Gray Holdings, Casey Cowell, Korn Ferry International o la Universidad de Chicago. Su última propuesta, “Tránsito de la luz”, se compone de 46 obras que el artista ha decidido no poner a la venta. Con ellas ha realizado una instalación sorprendente, un claroscuro sonoro en el que ha desnudado el mar para mostrarnos el paso del tiempo, una metáfora de la fugacidad de la existencia humana que circula por un realismo mágico que le ha ubicado por primera vez a las puertas de lo conceptual y la abstracción.

“Tránsito de la luz” estará abierta hasta finales de septiembre y puede visitarse de lunes a viernes en horario de mañana y tarde, más sábados por la mañana, en Las Cocheras del Puerto (Avenida de Hispanoamérica, s/n. Huelva)

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