EL LABERINTO
El declive europeo
[Javier Berrio]

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Javier  BerrioEl ministro de Guindos dice en Europa que se están observando mejoras dentro de la economía española. El presidente Rajoy, en Valencia, afirma que todavía quedan reformas por hacer y que la
economía española volverá a crecer en 2014. Merkel, en Portugal, alaba las medidas de ajuste tomadas en ese país, en Grecia y en el Estado español mientras añade que Alemania no es partidaria de que ninguno de esos países abandone la zona euro y que ellos (los alemanes), son los primeros interesados en desear una pronta recuperación de estas economías periféricas.

Ni Alemania ni otros muchos estados de la UE están comprendiendo la mayor, y es que Europa
empieza a perder protagonismo internacional a favor de países como China y que eso supone, además, un traslado de la zona de protagonismo desde las orillas atlánticas a las del Pacífico. Por eso, provincianismos como el alemán –y no digamos el de algunos territorios de diferentes estados europeos que en estos momentos pretenden la independencia-, son absolutamente anacrónicos y, aun más, improductivos. Europa habría de avanzar en una Unión tan cohesionada económica y políticamente como sea posible, dentro de una gran federación o confederación de Estados miembros con amplios poderes decisorios dentro de sus territorios, pero con un estimable poder central en política exterior.

Esa será la única manera de sacar pecho en los organismos internacionales y allí donde se tomen las decisiones de mayor rango. Con ser Alemania, Francia, el Reino Unido o Italia importantes y en menor medida España y Polonia, nada son ya en relación a potencias como China, quizás
menos Japón, y en un futuro medio, otras emergentes en el lejano oriente y quizás en Latinoamérica.

Europa, que juega a la supremacía de unos Estados sobre otros –desde luego Alemania parece tenerlo muy claro en su pangermanismo, ahora económico, ya que el belicista fue un fracaso-, tiene que pensar que o hace causa común con Estados hoy con problemas como el español en aquellos aspectos donde puede y debe, o será cosa del pasado en más o menos tiempo y su peso se colocará rápidamente en un segundo orden internacional. A los Estados miembros les toca
la papeleta de decidir y enjuiciar qué es lo que más interesa a todos, pero no hay demasiado tiempo para seguir permitiendo el hundimiento de economías como la española o hacer recaer todo el esfuerzo de su recuperación en los más desfavorecidos. En clave interior, tampoco España cuenta con margen para el juego de autonomías (o importantes partidos propios), que en circunstancias tan adversas como las que vivimos, pretenden la secesión sin contar con el juego limpio de los tiempos de bonanza. En Europa, tanto los Estados como las unidades intermedias deben hacer el viaje a la catarsis política y económica para emprender, primero, el camino
de la recuperación para la creación de empleo y, después, la reorganización interior con base a mayor fortaleza futura.

Parece mentira que en lugares tan desarrollados como los Estados de la UE, se tenga que llegar a la evidencia de los suicidios para que se tomen medidas contra los desahucios, por poner un
ejemplo de la pérdida de ascendencia moral –no sólo económica o política-, de la vieja, muy vieja Europa. Que la Unión esté pasando por los conflictos internos que la amenazan, no es que no sea grave, pero peor es la incapacidad de los líderes que la gobiernan para llevar adelante, en términos de mayor democracia y justicia social, un proyecto sensato, creíble y practicable, Pero para ello también es verdad que, algunas de las partes –el Estado español desde luego-, tendrán que realizar grandes esfuerzos para solucionar sus problemas de orden económico, político y
territorial sin padecer mayores fracturas sociales ni de carácter histórico.

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