Crítica Teatral de Bernardo Romero: “Entre pícaros”

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Un momento de la representación de 'El Buscón'.

Dirección y perversión, más que versión libre: Alfonso Zurro. Iluminación: Florencio Ortíz. Escenografía y vestuario: Curt Allen Wilmer. Musica: Jasio Velasco. Actores: Pablo Gómez Pando, Manuel Monteagudo, Manuel Rodríguez, Antonio Campos, Juan M Otilla, Maripaz Sayago y Paqui Montoya.

Patio de Armas del Castillo de los Guzmán. Niebla. Aforo: 960 localidades (tres cuartos de entrada); 21 de julio, 2012. Público como siempre entregado a lo que le pongan sobre el escenario. Mientras buena parte del respetable aplaudía a los cómicos, recordábamos lo que en su prisión conventual de San Marcos en León, escribía Quevedo a un amigo: “no hay ningún libro, por despreciable que sea, que no tenga una cosa buena”.

(Texto: Bernardo Romero) El Siglo de Oro es un tiempo pleno de equívocos. Pensábamos que hubo un imperio español y lo que en realidad hubo no fue más que una inmensa finca familiar, la de los Austrias que nos gobernaban haciéndonos de paso pasar las de Caín. Mucha armada y muchos tercios y las despensas de los españoles sin cuartel para los ratones. En esos duros tiempos, como en todos los tiempos que han sido duros, que probablemente hayan sido y sigan siendo todos, el sueño de cualquiera, del pobre buscón don Pablos también, no puede ser otro que el de ser caballero, con todo lo que ello significa de salvación personal y todo lo que de aviar la despensa lleva parejo.

Alfonso Zurro probablemente haya mirado a su alrededor y comprobado cómo el número de pícaros, en estos como en cualquier otro tiempo, es alto y diverso. De ahí que su versión de El Buscón se nos aparezca trufada igual de chorizos que de castañas, de magras carnes de borrego y de gominolas, de tocinos y de lacasitos. Un mareo. Real quizás, pero una barbaridad que le ha llevado a conformar una narración teatral que se le cae las más de las veces, que llega a aburrir y que utiliza en demasía el humor grueso y zafio para salvar la obra tratando de despertar al público para al menos hacerle llegar a un final que habrá pensado apoteósico por mucho que a nosotros se nos antojara previsible y hasta simplón: la clase política, o más bien cierta clase política y no precisamente la de la subvención y el tente tieso, ofrecida en el fin de fiesta al espectador como canon o cúspide del pícaro, como imagen viva de esos supervivientes que se alimentan de sueños y mientras tanto buscan alrededor donde encontrar el mendrugo que les permita seguir un día más vivitos y coleando.

El Buscón de Zurro se nos presenta como una sucesión de cuadros que a veces aparecen superpuestos, a pesar de lo cual la continuidad se nos antoja chocante, brusca las más de las veces, aturrullada además por una escenografía cargada y, pasado el tiempo, hasta molesta. Está la obra de Quevedo y también la del director y escritor, a modo de pasacalles intemporal, con momentos a veces muy bien construidos y ejecutados, pero en otras escenas se alcanza a rozar incluso un esperpento histriónico y chabacano en el que se les puede aventurar a actores y director un buen futuro en Canal Sur.

Los vaivenes de la obra alcanzan como es natural a los actores, a quienes puedes ver en una escena plenos de creatividad interpretativa, y en la siguiente bajando a los infiernos del humor fácil y desmesurado. Al final queda un regusto a teatro menor, quizás acentuado por esa ilusión que a pesar de todo mantenemos de ver alguna vez teatro de alturas hecho y manufacturado en Andalucía, la tierra de María Santísima de la Subvención Bendita donde no terminamos, ni terminaremos mientras esto siga así, de levantarnos y pedir al menos una cervecita con aceitunas. Malos tiempos y lo que nos queda por delante, aunque ahora, con el cajón vacío, todos tendrán las mismas oportunidades. Ninguna, pero las mismas ningunas para unos y para otros. La ruina con pecado concebida nos igualará, amén.

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