11 meses sin Ruth y José

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Imagen de la última concentración en Huelva. (Julián Pérez)

El día que Ruth Ortiz dejó por segunda vez que su todavía marido, José Bretón, se llevara a Córdoba a sus dos hijos para pasar el fin de semana, no podía imaginar ni por un momento el calvario que le iba a tocar vivir. Era octubre de 2011 y todo había transcurrido con cierta normalidad la vez anterior, con lo que no había motivo alguno para decir no. Este sábado, 8 de septiembre, se han cumplido 11 meses desde que los pequeños Ruth y José desaparecieron, según su padre, en el Parque Cruz Conde de la capital cordobesa, según todas las pruebas que ha acumulado la Policía y el juez que instruye el caso, en la finca que los abuelos paternos tienen en Las Quemadillas, en las afueras de la capital cordobesa.

Era el 8 de otubre de 2011 cuando José Bretón alertaba de la desaparición de sus dos hijos en un concurrido parque, en el que nadie nunca los vio y en el que las cámaras de seguridad demuestran que nunca llegaron.

Ese día, ese fatídico día, comenzaba una búsqueda marcada por riadas de solidaridad hacia una madre, Ruth Ortiz, cuyo único anhelo era lograr volver a ver vivos a sus hijos, aunque en su interior iba acumulando la certeza de que su marido los había utilizado para hacerle el mayor daño que se puede hacer a una madre: privarla de sus hijos. Bretón no asumió que su entonces mujer decidiera rehacer su vida sin él e ideó un plan que, según relata el auto del juez que instruye el caso, acabó llevando a cabo de manera fría y calculada, con la misma aparente frialdad a la que se ha enfrentado a varios registros en la finca.

La aparición de restos óseos en lo que fue una hoguera cuyo humo consta que detectó el Plan Infoca el 8 de octubre levantó todas las alarmas. Sólo habían pasado 48 horas desde la desaparición y la policía creyó tener en sus manos la prueba inequívoca de que Bretón había acabado con la vida de sus hijos y los había hecho desaparecer en una especie de horno casero, que había alcanzado los 800 grados, temperatura suficiente para no dejar rastro de ellos.

Con esos huesos todas las piezas encajaban y la versión de Bretón, llena de contradicciones, quedaba desmontada. Ruth Ortiz se hubiera tenido entonces que enfrentar al inmenso dolor que vive ahora, once meses depués. Pero no fue así.

El dictamen de la forense de la Policía Judicial, una mujer con 15 años experiencia a sus espaldas, era taxativo: no se trata de restos humanos sino de pequeños animales. El informe no sólo desmontaba la secuencia lógica de la hipótesis de los investigadores sino que dejaba el caso en un callejón sin salida.

Comenzaba a alargarse el caso para la Policía y se prolongaba la angustia de Ruth Ortiz y su familia. Comenzaban las concentraciones solidarias, las marchas, las manifestaciones pidiendo la aparición de los pequeños. Comenzaban las declaraciones de Bretón ante el juez, las de su abogado a los medios de comunicación, las cartas llenas de inmensa ternura de Ruth Ortiz a sus hijos, las de Bretón a los medios de comunicación pidiendo que lo dejaran salir de la carcel. Comenzaban diez meses de tortura por no saber dónde estaban y también de esperanza, la esperanza de que estuvieran vivos.

A primeros de agosto, sin embargo, cuando Ruth Ortiz ya había manifestado su convicción de que Bretón había acabado con la vida de sus hijos, el caso tomaba un giro insospechado. El profesor Francisco Etxeberría, experto en fosas comunes de la Guerra Civil, se había puesto en julio en contacto con la familia. Esta pidió al juez un nuevo estudio de los huesos y el dictamen de este experto fue tan concluyente como contrario al de la forense de la Policía Judicial: los restos óseos eran humanos.

El juez del caso solicita entonces nuevos estudios, también avalados por expertos: uno realizado por un responsable de las investigaciones en Atapuerca, Bermúdez de Castro, y otro elaborado por un equipo de investigadores de la Universidad Complutense. En todos los casos la conclusión es idéntica: se trata “inequívocamente” de restos humanos, e incluso se dan las edades, que corresponden con las de Ruth y José, dos y seis años.

El juez y la Policía, con estos informes tan prestigiosos como concluyentes, cierran un caso que iba camino de quedarse abierto para siempre, al tiempo que Ruth Ortiz vive en silencio el inmenso dolor de ver confirmados sus peores augurios.

Aún queda un largo periplo hasta que el caso se cierre de manera definitiva con una sentencia judicial, pero la imagen de Ruth y José quedará en el imaginario colectivo de millones de personas que han sentido la empatía que cualquier ser humano siente por una madre que sufre por la pérdida de sus hijos. La empatía que ciertos humanos no son capaces de tener y que los llevan a asesinar de manera fría, implacable… aunque las víctimas tengan sonrisa de ángel y sólo dos y seis años.

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