EL LABERINTO
Wert y la inmersión (I)
[Javier Berrio]

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Javier  BerrioCuando el artículo 50 de la constitución de 1931, la de la II República, garantizaba que “(…). El Estado podrá mantener o crear en ellas (se refiere a lo que el texto llama regiones autónomas) instituciones docentes de todos los grados en el idioma oficial de la República”, el legislador se estaba adelantando al problema que hoy se vive en el sistema educativo del principado, a saber, que la enseñanza en castellano –o español, según Cervantes-, sólo recibe el 5% del tiempo del total del espacio lectivo, en igualdad con el inglés. Porque el mismo artículo de la norma suprema del régimen republicano previamente daba libertad a las hoy comunidades con lengua propia para “organizar la enseñanza en sus lenguas respectivas” pero obligaba también a enseñar en castellano. Lo que pasa es que esa enseñanza en castellano podría haber llegado a ese residual 5% que bajo la monarquía, fíjense ustedes, recibe la lengua común a todo el Estado.

Pienso con los nacionalistas catalanes que el catalán es el idioma natural de Cataluña en el mismo sentido que el castellano es el de Castilla, el inglés el de Inglaterra o el alemán el de Alemania, por citar algunos. Y también creo que la inmersión lingüística fue una necesidad para impulsar una lengua que había sufrido enormes ataques a lo largo de la historia. No obstante, no se trataba de sustituir una lengua por la otra, sino de potenciar la catalana y avalar la coexistencia educativa, en nivel de igualdad, de ambos idiomas, como de momento sigue sucediendo en las calles.

Decir, como lo hacía hace pocas fechas en el Congreso de los Diputados, Duran i Lleida, el parlamentario de la doble baraja, que los niños, en el patio de los colegios, desgraciadamente hablan español, es haber decidido que el único idioma vehicular en Cataluña sea el catalán.

La verdad es que si los mandatarios catalanes tuviesen un mínimo de sentido común, estarían promoviendo, junto a la pervivencia y difusión ya garantizadas del catalán, la adecuada competencia en lengua española de los alumnos catalanes en todos los niveles educativos. Y eso aún soñando con un Cataluña independiente, ya que el bilingüismo no es sólo tesoro cultural de los catalanes, valencianos, baleares, gallegos o vascos, sino seguro económico en todos los frentes donde el castellano es lengua natural –lo que hoy conocemos como España y todo Hispanoamérica-, o segunda lengua en el caso de EEUU. Guste más, menos o nada, como sucede a los nacionalistas catalanes de hoy y a muchos dirigentes del PSC y de la Izquierda Unida catalana (Iniciativa per Catalunya), el español es la tercera lengua del mundo detrás del chino y del inglés.

La reforma educativa de Wert ha supuesto un auténtico golpe de efecto respecto del asunto que estamos tratando. Que sea la enseñanza privada la que garantice la docencia completa en castellano y la Generalitat quede obligada al soporte económico de esa nueva realidad, ha dejado perplejos a propios y extraños y ha vuelto a propiciar otro acto de afirmación nacional en torno al recientemente fracasado Artur Mas. Por un lado, ha animado mucho a las maltrechas filas populares y a muchos españoles de buena fe dentro y fuera de Cataluña, pero también ha dado lugar a una actitud de desobediencia política que no veo cómo el ejecutivo podrá neutralizar a no ser poniendo en marcha los mecanismos constitucionales hasta las últimas consecuencias.

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