El final de los días

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(Texto: Bernardo Romero) MAI MORIRE México, 2012. 84′.

Director: Enrique Rivero. Guión: Enrique Rivero y Aleka Rivero. Montaje: Enrique Rivero y Javier Ruiz Caldera. Fotografía: Arnau Valls Colomer. Música: Alejandro de Icaza. Sonido: Alejandro de Icaza y José Miguel Enriquez. Director de Arte Christopher Lagunes. Intérpretes: Margarita Saldaña, Amalia Salas, Juan Chirinos y habitantes de Xochimilco. Productores: Paola Herrera y Enrique Rivero. Productora: Una Comunion

Vivir la muerte en unos paisajes imposibles a pesar de ser ciertos. Todo narrado según la visión sensible y certera de un joven realizador que ya nos entusiasmó con su opera prima Parque Vía, premiada en Huelva y luego en muchos otros lugares. Con este título que Enrique Rivero ha creído más oportuno nombrarlo en italiano, Jamás Morir o Inmortal, quiere avisarnos de que la muerte, tal como a él se la contaron, no es más que el final de un tránsito. Ya lo cuenta la abuela que está presta a morir mientras su hija pretende que siga entre los vivos y ella se empeña en seguir las enseñanzas de la Santa de Ávila: tan alta vida espero. Aunque no. Uno nace y antes no hay nada, y no hay nada más cierto que cuando se muere todo termina. Ese miedo atávico ha sido utilizado siempre por los poderosos para, transformándolo en religión, sea cual fuera esa religión o esa creencia, dominar a los semejantes mientras les dura este tránsito, que ellos sí, saben que es eso, puro tránsito, que igual nacemos como morimos. Al final, digan lo que digan y recen lo que recen: nada.

La fuerza de la película radica en dos pilares fundamentales, la cantante mexicana Margarita Saldaña, a quién Rivero a metido en esta faena nueva para ella de ser actriz, y en unos paisajes absolutamente impresionantes. Ya lo ha confesado el propio Arnau Valls Colomer, el director de fotografía que ha sido premiado por este trabajo en el emergente festival de Roma que dirige el antiguo responsable de la mostra veneciana. Se emocionaba filmando los amaneceres en Xochimilco, una suerte de zona plana cercana a la capital mexicana, un barrio de ella realmente, cruzado por una miriada de canales que nos hacen ver lo que fue, según cuentan las crónicas, la antigua capital azteca.

Es película difícil de ver y más, sobre todo para nuestras mentalidades, de entender. Más aún que Parque Vía, que sigue siendo para nosotros una auténtica obra maestra. Esta no es que lo sea menos, sino que se nos antoja que es eso, más complicada de ver y hasta de entender. Otra cosa será la película para los mejicanos, que verán con mucha más normalidad todo este juego que es la muerte, el final. Ellos lo verán todo como algo más propio, como algo que se debe entender con mayor naturalidad y menos trascendencia, porque sólo quienes tienen en la muerte la esperanza de lograr una más alta vida, podrán afrontar ese último instante de otra manera. Quizás como no un último instante, sino como la continuidad de un camino que empieza con el nacimiento, lo cual a nadie preocupa. Se nace y ya está, pero se muere y no. Hay algo más: trampa.

Y en esto llega el trilero don Enrique Rivero y nos cuela entre sueños y realidades, lo que una señora le contó cuando regresó a su casa de Xochimilco para cuidar de su casi centenaria madre, su lucha contra la muerte mientras la propia madre andaba ansiosa por encontrarse de una vez con esa continuidad que tan débiles nos ha hecho a los mortales. Ay, mortales que no queremos serlos, pero mortales al fin y al cabo.

En Roma se llevó Rivero el premio de estar seleccionado a concurso y de paso el de la mejor fotografía. También la ambientación, a nuestro entender, está sumamente cuidado, pero la fotografía. Ah, la fotografía. Y el ritmo. Por Díos, el ritmo. Ahí sigue estando Rivero. Afortunadamente está Rivero y otros realizadores que como él están empeñados en que el cine, amen de espectáculo, siga siendo arte. Emoción y sensibilidad. También conocimiento. Arte.

 

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