Benedicto XVI apunta en su último libro que los Reyes Magos eran de Tartessos

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La publicación del último libro de Benedicto XVI sobre la Infancia de Jesús, editado por editorial Planeta, está causando una gran cantidad de sorpresas. La primera fue que en el portal de Belén no había ni mula ni buey; la segunda, que la estrella que siguieron los Reyes Magos era una supernova; y la última, que los tres Reyes Magos que llegaron a Oriente eran de Tartessos, vamos que salieron de la provincia de Huelva.

El cardenal Roucco Varela ha sido el encargado de presentar ‘La Infancia de Jesús’ este lunes en la Biblioteca Nacional en Madrid.

La afirmación del Papa en su libro desmonta la teoria popular de que los tres reyes magos representaban a tres continentes distintos: Así, Europa y África.

“La promesa contenida en estos textos extiende la proveniencia de estos hombres hasta el extremo Occidente (Tarsis, Tartesos en España)”. ¿Vinieron los Reyes Magos de Andalucía? Esta parece ser la tesis del nuevo libro de Benedicto XVI, ‘La infancia de Jesús.

Según Benedicto XVI, la Iglesia ha interpretado los pasajes del nacimiento de Cristo utilizando salmos y textos anteriores, donde se nombra a Tarsis en repetidas ocasiones.

“Que le paguen tributo los reyes de Tarsis y de las costas remotas; que los reyes de Sabá y de Seba le traigan presentes. Que ante él se inclinen todos los reyes”, se puede leer en el salmo 72,10 del Libro de los Salmos.

Los historiadores ubican la mencionada Tarsis en algún punto de Andalucía, más que posiblemente en la provincia de Huelva, aunque no se descarta que abarcara zonas de las provincias de Cádiz y Sevilla.

Benedicto XVI dice en ‘La infancia de Jesús’: “La promesa contenida en estos textos extiende la proveniencia de estos hombres hasta el extremo Occidente (Tarsis, Tartesos en España), pero la tradición ha desarrollado ulteriormente este anuncio de la universalidad de los reinos de aquellos soberanos, interpretándolos como reyes de los tres continentes entonces conocidos: África, Asia y Europa”.

Las afirmaciones del Papa colocan a Huelva de nuevo en el epicentro de la historia: hace dos mil años en el portal de Belén, con los tres reyes magos ofreciéndole presentes al niño Jesús, y 1492 años después con el protagonismo de Huelva en la gesta descubridora de Colón en el Nuevo Mundo.

TARTESSOS

Tartessos o Tartéside fue el nombre por el que los griegos conocían a la que creyeron primera civilización de Occidente. Posible heredera del Bronce final atlántico, supuestamente se desarrolló en el triángulo formado por las actuales provincias de Huelva mayoritariamente, y parte de las de Sevilla y Cádiz, en la costa suroeste de la península Ibérica, influyendo sobre las tierras del interior y el Algarve portugués. Se presume que tuvo por eje el río Tartessos, que los romanos llamaron luego Betis (antes Oleum flumen = río de aceite) y los árabes Guadalquivir (que significa río grande). Sin embargo, nada es seguro y hay autores que tratan de situar el río Tartessos en las bocas del Odiel y el Tinto (ría de Huelva), en el Mar Menor, en las bocas del Guadiana, en el Delta del Ebro o en el mismo Tajo. Los tartesios desarrollaron una lengua y escritura distinta a la de los pueblos vecinos y, en su fase final, tuvieron influencias culturales de egipcios y fenicios.

La primera fuente histórica que alude a Tartessos es la Historia de Heródoto, del siglo V a. C., que habla del rey Argantonio (significa Hombre de plata y se dice que gobernó cien años) y su incontable riqueza, sabiduría y generosidad. Una más tardía data del siglo IV, del escritor romano Rufo Festo Avieno, que escribió una obra titulada Ora maritima, poema en el que se describen las costas mediterráneas. Según el poeta, utilizó fuentes antiquísimas de autor desconocido. Una de estas fuentes data del siglo IV a. C., de la que Avieno escribió que era un “periplo”, es decir, un viaje de navegación costera, realizado por un marino griego y cartaginés, en el que partiendo de las costas de Britannia o de Cornualles (Inglaterra) llegó hasta Massalia (Marsella). Como resultado de aquel viaje se narran los lugares visitados por el desconocido marino, que proporciona las noticias más antiguas sobre la Península Ibérica.

ADOLF SCHULTEN O LA OBSESIÓN POR ENCONTRAR TARTESSOS

Hijo de Wilhelm Schulten (consejero administrativo de F. Bayer y Cía) y Amanda Klarenbach, Adolf Schulten estudió en las universidades de Gotinga, Bonn y Berlín, donde fue alumno de Ulrich von Wilamowitz-Möllendorff y de Theodor Mommsen, doctorándose a los veintidós años (1892). Profesor de Historia Antigua en Gotinga desde 1896, en 1907 pasa a la Universidad de Erlangen como profesor extraordinario de la misma disciplina, siendo nombrado catedrático de la misma en 1909.

Despué de exitosas excavaciones por medio mundo se obsesionó con encontrar a la mítica Tartessos, que situó en el actual parque nacional de Doñana.

La Primera Guerra Mundial interrumpió la actividad arqueológica de Schulten en España, pero no supuso el abandono de sus estudios y publicaciones sobre sus temas y, terminado el conflicto, volvió a España inmediatamente. Unos mecenas barceloneses y la ayuda del Instituto de Estudios Catalanes le permitieron hacer en 1919 un examen de la costa española mediterránea, preparatorio de la edición crítica de la Ora Maritima de Rufo Festo Avieno (que sería el primer volumen de sus Fontes Hispaniae Antiquae, Barcelona, 1922), estudio que le llevó al de Tartessos. Encontrar los vestigios de esta mítica ciudad acabó convirtiéndose en una verdadera obsesión para Schulten, algo que no logró pese a todos sus intentos, y hasta le acarreó serios conflictos diplomáticos. Se empeñó en excavaciones en el actual Parque Nacional de Doñana, cerca de la desembocadura del río Guadalquivir y halló un poblado romano en el Cerro del Trigo, que creyó era una población situada sobre los restos de la mítica ciudad. Resultado de estas investigaciones, entre otras, fueron la publicación de Tartessos: contribución a la historia más antigua de Occidente (Madrid, Revista de Occidente, 1924), con una segunda edición muy mejorada y ampliada en 1945 (Madrid, Espasa-Calpe), reeditada en Sevilla, 2006, o el artículo titulado Los tirsenos en España”, Ampurias 2, 1940, págs. 33-54.

Entre otros trabajos de excavación por todo el país sacó a la luz las ruinas del campamento romano de Castra Cecilia, situado no lejos de la actual ciudad de Cáceres. También se dedicó a estudiar por primera vez a fondo las Guerras Cántabras (29 a. C.-19 a. C.) en su libro Los cántabros y ástures y su guerra con Roma (Madrid, 1943, reed. 1969 y 2000). Fue asimismo autor de la completa obra Iberische Landeskunde: Geographie des antiken Spanien, rápidamente traducida y publicada por el CSIC con el título Geografía y Etnología de la Península Ibérica (vols. I-II, Madrid, 1959-1963). Una larga síntesis en alemán anterior a esta obra, que había aparecido como artículo en 1912 en la enciclopedia germana RE Pauly-Wissowa, dio lugar asimismo en 1920 a una traducción española en forma de libro, Hispania (Geografía, Etnología, Historia), con un largo apéndice de Pedro Bosch Gimpera (“La Arqueología preromana hispánica”, págs. 225-321), obra que recientemente ha sido reeditada (Sevilla, ed. Renacimiento, 2004).[1] Mucho más populares y leídas en Portugal y España fueron sus dos biografías sobre Viriato (Oporto, 1927) y Quinto Sertorio (Leipzig, 1926 y Barcelona, 1949).

Proyectó una obra ambiciosa y de importancia decisiva para los estudios de la Antigüedad española, los Fontes Hispaniae Antiquae (FHA), que, en varios volúmenes, debía recoger todos los textos antiguos y altomedievales referentes a Hispania. Entre 1922 y 1959, y siempre bajo los auspicios de la Universidad de Barcelona y eminentes prehistoriadores de la misma (P. Bosch Gimpera y Luis Pericot), se publicaron los volúmenes I-VI y VIII-IX (éstos encargados a R. Grosse), de forma que Schulten murió sin verla terminada. En 1987 apareció, en otro formato y gracias al empeño de otro gran prehistoriador, J. Maluquer de Motes, el vol. VII (por V. Bejarano, dedicado a los textos de Pomponio Mela, Plinio el Viejo y Ptolomeo), con lo que se concluía, en palabras de Maluquer (ibid., prólogo, pág. xii) el proyecto inicialmente previsto 65 años atrás.[2]

Del mismo modo, Schulten había encargado en 1945, poco antes de su muerte, al prestigioso filólogo Antonio Tovar, la continuación de su magna Iberische Landeskunde, del que él sólo había llegado a publicar los volúmenes dedicados a la descripción física y los recursos de la Península, pero debía completarse con sendos volúmenes dedicados a los pueblos y las ciudades de las tres provincias hispanas. Años después de su muerte, Tovar, trabajando por entonces en la Universidad de Illinois, cumplió su promesa, publicando en alemán, bajo el título Iberische Landeskunde. Zweiter Teil. Die Völker und die Städte des antiken Hispanien, los dedicados a la Bética y la Lusitania, ambos en Baden-Baden, 1974 y 1976. Trabajaba todavía en el tercer y más complejo volumen, el de la Tarraconense, cuando le sorprendió a su vez la muerte, en 1984. Sus papeletas fueron organizadas y completadas en la medida de lo posible por su viuda y varios expertos y discípulos suyos, y así el III y último volumen pudo finalmente ver la luz, en español, en 1989,[3] completando el impresionante conjunto, obra de ambos estudiosos.

La Real Academia de la Historia nombró a Adolf Schulten Miembro Correspondiente en 1905 y en 1907 el Rey le concedió la “Encomienda de número” de la Orden de Alfonso XII. En 1940 recibió de el Jefe del Estado la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio y, de la Universidad de Barcelona, el doctorado honoris causa, al cumplir sus setenta años. Falleció con casi noventa.

Adolf Schulten, todas sus obras, sus puntos de vista y sus opiniones, tuvieron desde comienzos del siglo XX, y durante décadas, un enorme peso en la Historia Antigua y en la Arqueología españolas, y muchos autores siguen citándole con reverencia. No cabe duda de que, sin sus FHA, la Historia Antigua del siglo XX en España no hubiera despegado de la forma en la que lo hizo. Sin embargo, en los últimos tiempos,[4] se observa entre algunos historiadores españoles el comienzo de un movimiento crítico hacia lo afirmado en muchos de sus dogmas.

 

 

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