EL ESTERO.
La mar de Huelva.
[J. J. Conde]

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[J. J. Conde]
El Estero Puede que no haya gozo más intenso que la contemplación de la mar. Capa inmensa repleta de encantamientos, lo mismo al alba que a la tarde o en la clara lunar. Manto galano de azules y de verdes espolvoreado de sal. Espejo mágico en donde tan pocas veces el hombre se mira, y cuando se mira el hombre abre su corazón prieto de par en par para comulgar en secreto y limpiarse el alma y a la vez la paz que le toca hondo y, con ello, el renacimiento de un hombre nuevo.
Puede que no haya gozo más intenso que la contemplación de la mar. La mar que nos abraza cada día, como queriéndonos proteger de cualquier embestida que nos hiciera caer de bruces y desfallecer. La mar tuya. La mar mía. La mar, tuya y mía. Mar salpicada de gestas en la historia y cuna de agua de marinos gigantes: marinos que se quedaron inmortalizados a cincel en el granito de las piedras. La mar, lejana y rosa, que a escondidas buscaba mi ánimo inocente aquellas tardes en las que camino del “quinto pino”, con la manigueta acariciando el aro de hierro, me adentraba por entre las marismas y allí me quedaba ya, preso de un sueño atiborrado de pesqueros y de olas, del olor del salitre y de gaviotas.
Puede que no haya gozo más intenso que la contemplación de la mar. La mar que recibimos como regalo en el amanecer de un tiempo, y que a fuerza de darle la espalda y la espalda darle se nos convirtió en cristal opaco en el que las figuras se quedan difuminadas y la espuma, ¡ay, la espuma!, que ya no es nacarada. Que se fundieron en la mar otros hábitos muy distintos, impropios de la seña marinera, y fueron abriendo en canal, poco a poco, el cordón umbilical que nos mantuvo pegados al borbotear incesante de sus aguas, a su emblemática corriente, a su abrazo milenario, a la cadencia de un entorno privilegiado. Mar de reflejos vivos, de majestuosas onduladas y de barquitas de colores; que por pasivos nos la desfiguraron en nombre de una progresión mal entendida y miope, desprovista de sentimientos, sin querencias ninguna, sin más metas que la socavación de la identidad propia a costa de lo que fuera. La mar. La ría. Cómplice la ría de un sinfín de emociones y de cánticos: del amor etéreo de dos estudiantes de “Preu” en noches de luna llena, del muelle del Tinto entre las sombras enmarcado, de la playa de la Gilda como la palma de la mano, del Balneario de la Cinta hecho a manera de barco inmaculado, de los eucaliptos en interminable hilera, de Colón austero y vigilante… ¡de cuántas cosas!
Puede que, definitivamente, no haya gozo más intenso que la contemplación de la mar. La mar de Huelva. A la que debemos entregarnos en cuerpo y alma sin más dilación, sin más espera, con las ganas bien dispuestas, con el orgullo enraizado por haber sido engendrados bajo su mirada de plata y serena. La mar de Huelva, la que quisiéramos que fuera y la que podemos hacer que sea si aunamos las voluntades y como un solo marinero la trabajamos desde cubierta. La mar de Huelva, la que tenemos que llevar en todo momento suspendida de los labios para que aún más se extienda, la que debe estar constantemente en nuestros corazones impresa. La mar de Huelva, onubenses. La mar de Huelva, la nuestra.

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2 comentarios

  1. Además de “la Chiquitita”, la mar de Huelva sigue en mi corazón.
    Excelente.
    Un abrazo.

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