EL LABERINTO.
Organización para el cambio.
[Javier Berrio]

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Javier  BerrioA la sociedad le cuesta trabajo reaccionar. Por eso cuando la hace, tantas veces, se comporta de manera desordenada, en ocasiones con ira controlada y otras con ira a secas. Lo hemos visto en Egipto y en otros lugares. Últimamente en Turquía. En occidente lo experimentamos el 15-M y contemplamos cómo esa marea se extendió por Europa. Pero la falta de organización, la introducción de elementos ajenos a los propósitos generales de la queja y la misma dinámica de una masa que por definición es amorfa, dieron al traste con una queja que tenía una base sensata. Ese “no nos representan” contiene un principio filosófico que no se puede dejar pasar por alto y que antes o después tendrá que dar algún resultado.

Los políticos al uso, desde luego aquí en España, han asumido que son delegados de los electores, no sus representantes. Creo que tanto el sistema electoral como la mentalidad que lo sustenta tienen una base ideológica en los tercios franquistas de la Ley de Bases de Régimen Local de 1945 (sindicato, familia y tercio de entidades) y cuando las Cortes eran elegidas por fracciones entre personas afectas al régimen según la Ley Constitutiva de las Cortes de 1942. Y ahí nos movemos. No me cansaré de decir que el régimen actual y la constitución del 78 son fruto del pacto político, acuerdo que antes que nada parte del franquismo con el partido de Adolfo Suárez y después de este con el resto de partidos que renunciaron a la ruptura democrática y se vieron forzados a optar por la reforma. Los diputados y senadores en el parlamentarismo español presente se comportan como los procuradores natos o designados del régimen anterior y a no pocos alcaldes y concejales les sucede lo mismo, sobre todo a aquellos que detentan sus funciones hace muchos años.

En parte, el 15·? pretendía el cambio de la Ley Electoral que tantos venimos reclamando desde hace años como paso previo a la refundación del Estado sobre bases democráticas y sin herencias de un pasado tan ominoso. Pero ese 15-M, que no sabemos de dónde vino ni cómo se formó, no pudo vehicular sus fines de manera productiva por las razones que he expuesto más arriba. Después, aunque alguna organización de izquierdas y de forma interesada ha querido hacerse de sus eslóganes y de alguna idea, el movimiento ha quedado reducido a su mínima expresión. Por otro lado, ni los grandes partidos ni los nacionalistas están dispuesto a abordar una reforma que no les sería favorable. De ahí la necesidad de organizarse a tal fin. Cuando tantas veces he escrito –y seguiré haciéndolo-, y he hablado –y también seguiré haciendo allí donde la vida me coloque-, sobre la necesidad de los ciudadanos organizados en nuevas estructuras políticas, lo que quiero que se entienda es que será desde la unidad en las ideas y en la acción desde donde se podrán provocar auténticos cambios en el sistema del Estado y, en los municipios, en la gestión de los recursos públicos. Sé que la unidad absoluta de pensamiento es, afortunadamente, imposible y también sé que pretender convertir en principio programático todo los que viene de cada individuo en una asamblea, es el primicia de la ineficacia.

Por eso, la retroalimentación necesaria entre la sociedad civil y la oferta regeneracionista que se debe producir desde la organización debe dar frutos racionales y realizables, medidos en períodos y encausado desde estrategias de pertinencia o no en cada momento. Y como siempre, con ilusión y ambiciones para los administrados desde la claridad de las cosas posibles, la comunicación continua con la sociedad y la sensatez en la administración de los tiempos.

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