La Avenida de Andalucía

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Zona arbolada en la avenida de Andalucía.

Zona arbolada en la avenida de Andalucía.

(Firma: Bernardo Romero)  Desde la fuente de los bomberos que también se conoce como la del Recreativo, hasta el final de la Avenida de Andalucía, a poco que des un par de rodeos, echas una horita andando a buen paso, a ese andar que tanto se ve en gente de relativamente avanzada edad que se corresponde con regladas o estándares en el emocionante mundo de las prescripciones facultativas.

Suele verse a gente paseando con cochecitos de niño chico o en monopatín, pero sobre todo pandillas de señoras que se disponen a dejar atrás la edad adulta y señores con la cara desencajada y los ojos como platos, andando a piñón y escrutando curiosos a su alrededor, ansiosos por encontrar referencias con las que identificarse, quiere decirse compañeros de disgusto, gente con su poquito de colesterol o con el azúcar fugado del estrecho segmento en el que la Ciencia lo ha introducido. La Avenida de Andalucía, sea por su interior o por cualquiera de sus dos riveras, viene a ser así, con ese paisanaje a cualquier hora del día que usted quiera incorporarse al alegre deambular de los prescriptos.

El paisaje es parecido al de todas las grandes avenidas que se han abierto a la entrada de todas las ciudades españolas en los años del catapún. Mucho césped, fontanas luminosas o alegóricas, cuando no las dos cosas al mismo tiempo, y algún que otro monumento que intenta recordar los orígenes y la tradición. Sobre todo la tradición cuando de gobiernos municipales de progreso se trata. En Huelva, como se hiciera uno a las gentes de la mar, que ya ve usted cuánta gente de la mar hay por este puerto minero e industrial en el recuerdo y exterior en la actualidad, pues le hicieron un monumento a la pelota, al fútbol como se le llama hoy a ese divertido deporte.

Junto al chavalito churricorto del Wella Schwarzkoptz andaba yo con estas consideraciones cuando me vino de frente un pelotón de caballería en bicicleta. Que digo yo que para qué tanto carril bici si luego van por la acera. De modo que aproveché un paso de cebra para meterme en los interiores andalusies y proceder a caminar por el carril bici, mucho más tranquilo, dónde va a parar.

De pronto la Avenida de Andalucía termina como termina todo en la vida. De modo que hay que volver unos pasos atrás para encontrar otro paso de cebra y alcanzar de nuevo la acera de la que me echaron los ciclistas, tras lo cual pude lanzarme cuesta abajo por una rampa de cemento que un día fue verde y meterme por el túnel que hay bajo la autovía. Dejé atrás por tanto la fuente de la OTI, esa piscina con las velas descubridoras donde se bañan los niños con el pito fuera cuando aprieta la calor, y continué por unos curiosos jardines de césped en los que hay eso, césped. Un jardín con rosas, costillas de Adán, geranios y jazmines en parterres de romero es menester cuidarlo; cincuenta metros cuadrados de césped con un pino en medio queda resultón y sólo es menester meterle riego automático y el cortacésped de vez en cuando. De esos jardines si es que se pueden llamar jardines según el concepto mediterráneo que al menos yo tenía de jardín, pasé al recinto universitario, al campus, que queda más americano. Como se ve todo cambia y no sólo el concepto de jardín, esto del campus y el recinto se contrapone como el comer castañas por to los santos, que tampoco se lleva, y el disfrazarse de zombi con objeto de obtener suculentos descuentos en los cubatas de una fiesta de Halloween.

En el recinto, perdón, en el campus, di un rodeo por el edificio de hierro oxidado, que es muy mono pero le han puesto un recuerdo de Ciudad Real en todo lo alto y me lo han estropeao. El conceptualismo arquitectónico se ve que no casa bien con la artesanía castroja. Sorprendido por el desolador espectáculo de ver atravesar planicies de óxido a don Alonso Quijano y a Sancho, vestidos igualmente de orín, volví a la Avenida de Andalucía, pasé de nuevo a la vera del churricorto que no termina de pegarle la patada al balón y me encajé en la otra banda para volver a casa, más sano físicamente, supongo, pero algo tocado en lo mental. Más todavía, como diréis y quizás con razón, quienes me conocéis y estimáis.

(Bernardo Romero es escritor, profesor de Historia e hipertenso)

 

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1 comentario

  1. Bernardo, me ha encantado tu eslálom literario, te lo dice otro que lo ha sufrido por culpa de hipercolesterolemia.

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