El Mudo, una entrañable corrupción

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El Mudo. Perú, México y Francia, 2013 (86′). Sección Oficial a Concurso

Dirección y guión original: Daniel y Diego Vega. Montaje: Gianfranco Annichini. Fotografía: Fergan Chávez-Ferrer. Música: Óscar Camacho. Director artístico: Mario Frías. Intérpretes principales: Fernanco Bacilio, Lidia Rodríguez, Juan Luis Maldonado, Augusto Varillas, José Luís Gómez y Norka Ramírez.

(Firma: Bernardo Romero.) Lean ustedes cualquier diario nacional o asómense a los informativos de televisión, de una o de otras, y tendrán corrupción para dar y regalar. Corrupción con muchos ceros seguidos, para alegrarse uno la vida propia, la de los hijos, las amantes, los hijos de las amantes, los nietos y así sucesivamente. No hace falta que les de un listado pormenorizado porque entonces no tendríamos pantalla suficiente para leer. En consecuencia recuerden al tal Roldán que ahora se pasea alegremente por las calles con un periódico bajo el brazo y la incógnita de dónde guardó el pastizal aquél que le mangó, entre otros, a los huerfanitos de la Benemérita; o al hortera ese del bigotón que se codeaba con la élite política de su momento, hasta el punto de que estuvo en la boda de la niña de Aznar o enviando regalitos a la parentela de quienes le daban pasta por un tubo, porque por otra cosa, se ve que no, que no la hacían quiere decirse. Y miren ahora el caso de los ERE fraudulentos en Andalucía, de la UGT y la madre que los parió a todos juntos, que va camino de récord tanto en dinero como en poca vergüenza, o la niña del Rey dando cobertura al mangoneo de su querido esposo, mangoneo presunto eso sí, que a ver si el que va a terminar en el maco es servidor y no el del balonmano… En fin, ejemplos pongan ustedes los que quieran que al final la corrupción a pie de calle, o de juzgado, en el Perú es peccata minuta.

La película, de corte clásico y sin demasiados peros que ponerle, está bien construida, los actores se mueven bastante bien delante de las cámaras -hay excepciones, pero son también pecado leve- y no tenemos nada que objetar a los hermanos Vega en su labor. La película, cuando se estrene en un país como el Perú, donde el nuevo gobierno prometió acabar con la pequeña corruptela, pues va a joder entre quienes vayan a verla, porque no sólo se verán muy probablemente reflejados en ella, sino que a tenor de lo que los hermanos Vega nos relatan, esta jodienda parece que allá no tiene enmienda.

Y esto en lo que a pequeñas corruptelas se refiere, a las bravas, a las ahora felizmente se empiezan a levantar al menos en España, en el Perú, ya ni les cuento. Pero ellos se conformarán con menos, con acabar con estas que reflejan las cámaras de los hermanos Vega, como prometió el gobierno, para al menos poder tener la esperanza de que el país andino termine progresando y mejorando en todos los aspectos. Es evidente que la formación y la educación son absolutamente necesarios para que las cosas puedan cambiar allá, luego huelga decir que esta película va a contribuir a que las actitudes empiecen aunque sea someramente a cambiar en ese país latinoamericano. Les queda camino, pero todo se tendrá que terminar andando. Ya el hecho de que un gobierno prometa que va a acabar con esta cosa de la pequeña corrupción, con la que es inherente a las mentalidades y hasta a las costumbres, como tan bien retrata la película, es ya un paso importante. Aunque el regusto que te queda después de la felizmente escasa hora y media de metraje, es que la corrupción es algo tan metido en la sociedad peruana, tan aceptado, que la situación no va a cambiar lo diga el señor presidente del gobierno o lo diga el Sursun Corda.

El delirio del doctor Zegarra, de ese Zegarrita que está convencido de que la justicia triunfa sobre el mal, no hace sino acercarnos a esa corrupción menuda y hasta entrañable. Al final es Zegarra quien se aparta de la norma y cae, o ya la traía puesta, en una especie de delirio que se termina de desbordar en la algo surreal escena final del baile en el dormitorio. Y no les cuento más, que a lo mejor quieren verla. En fin, una película muy correcta, una historia cotidiana que no va a atrapar a los mercados europeos, en modo alguno, pero que va a tener a buen seguro su función, su lógica y su sentido de ser en el Perú. Por eso sólo, la cinta vale la pena. Por lo demás, correcta.

 

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