Rodríguez Silva nos lleva al límite

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EXPOSICION MUSEO(Texto: Bernardo Romero) Rodríguez Silva, pinta. Utiliza pinturas y superficies que le han llamado la atención. Luego deja que todo vaya ocurriendo al azar. Lo que le gusta permanecerá, lo que no será destruido con más pintura encima, o con el soporte arrumbado en algún lugar. Vayan ustedes a saber. La intención del artista es pintar, no más.

En el Museo de Huelva y en la sala gestionada por la Diputación Provincial, se ha iniciado un nuevo ciclo de exposiciones con esta propuesta atrevida y plácida de Rodríguez Silva, pintor. Aseguraba en la sesión de apertura que el hombre ya en Altamira hacía lo mismo. Bueno, lo mismo, no. Pintaba, eso sí, pero con una idea preconcebida. Ni por la imaginación se le podría pasar corregir siquiera un trazo, salirse de lo que la roca le insinuaba, y ahí sí que coincide con Rodríguez Silva, en que ambos, quienes pintaron en Altamira y el profesor de la Escuela de Arte León Ortega, se dejan llevar por lo que resulta de aplicar la pintura sobre una superficie. Nuestros antepasados buscaron lo que las paredes rocosas les decían, y este pintor actual lo que una chapa de hierro le sugiere. Después se trataría solo de aplicar la pintura. Una paleta, una brocha, un pincel de crin de caballo… Pintar al fin y al cabo. Pero no queda ahí la cosa.

La exposición tiene tres partes aparentemente bien diferentes. Solo aparentemente. Al fondo tres chapas de dos metros y medio de largo por casi uno y medio de alto. Hierro que ya llevaba la marca impresa. Huellas. Rodríguez Silva las ha bordeado de pintura naranja. A una la ha cruzado de arriba abajo con una fina línea y la ha hecho rotunda y hermética. A otra la partió por la mitad pero de lado a lado, y la hizo eterna. La del fondo simplemente la pintó, y creó la luz.

Estamos a la entrada y tres mesas conversan con el espectador como antes lo hizo con el artista. Sobre cada una de ellas nueve cuadrados monocromos, y en su interior ese diálogo íntimo que apenas desvelan las breves cartelas que anuncian en realidad lo obvio. Ahí está lo que el artista descubrió mientras iba desarrollando una propuesta que ha llamado Pinturas en el borde, quizás porque el marco es lo único que mantiene una cierta realidad, el borde más bien, los límites. Lo demás el pintor lo ejecuta y deja que cada cual saque sus conclusiones, que se deje emocionar o no. Cada cual, como es sabido, es cada cual.

Una propuesta fundamentada en un minimalismo radical, dónde el pantone se deja acariciar por la imaginación o donde el color alcanza unos límites que van más allá de lo propuesto sobre un soporte plano y aparentemente tranquilo. El espectador tardará en olvidar aquello que le dijeron estas superficies pintadas tal como hacían en edades primitivas, tal como hoy lo hace un pintor al encalar una pared, cuando enciende un cigarrillo y mira una superficie blanquísima en la que juegan las sombras y unas formas que antes no estaban ahí. Luego, cuando repita tres segmentos de círculo con la punta de la suela del zapato para apagar la lumbre casi consumida, volverá a probar, volverá a pintar y a emocionarse, pensando que a lo mejor está loco, que nadie puede pensar en cosas así, que en esa pared recién blanqueada no ocurre nada. O sí.

 

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