DESDE BARCELONA.
Bostón y juventud.
[Jordi Querol]

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Creo sinceramente que los que mejor podemos hablar de lo que verdaderamente significa ser joven somos aquellos que, hace algún tiempo, también lo fuimos.

Los dos cursos académicos 1958-1959 y 1959-1960 los pasé fuera de España. Estudié en Boston, concretamente en el New England Conservatory of Music. Durante mi estancia en aquella ciudad norteamericana viví intensamente; acumulé muchísima información, aprendí y me divertí, sin embargo, las verdaderas asimilaciones de todo lo que allí ocurrió afloraron posteriormente. Durante aquellos dos años juveniles los acontecimientos fueron múltiples y las imágenes y vivencias que se acumularon en mi mente fueron infinitas, pero insisto, la verdadera lectura de las mismas y el correspondiente procesamiento para entenderlas de verdad vino más tarde.

La mayoría de alumnos teníamos entre 18 y 22 años, estudiábamos y gozábamos con la música, conversábamos y nos divertíamos y, lo más importante, juntos descubrimos las atractivas y, a veces, complicadas peripecias del amor.

Ahora, después de medio siglo de andaduras la diferencia queda definitivamente clara. No son las canas, ni las arrugas, ni las múltiples enfermedades que se avecinan, o las que ya padecemos lo que concreta esta diferencia. Obviamente estas marcas se hacen notar, y al ser tan precisas forjan contrastes evidentes; pero sin duda alguna, la diferencia esencial es otra. Desde mi punto de vista lo que diferencia nuestra actual existencia (me refiero a los que ya sobrepasamos los 70) de aquella lejana y bella época denominada juventud es la distinta perspectiva que desde ellas se tiene del futuro. Cuando somos jóvenes conversamos infinidad de veces sobre él: ¿que seremos?, ¿qué metas nos gustaría alcanzar?… Pero entre aquellas conversaciones y nuestro futuro había un enorme trayecto que no se podía descifrar ni con la ayuda del mejor de los telescopios, ni tampoco con grandes dosis de imaginación. No se podía, repito, porque la distancia que nos separaba de él era descomunal. Durante la juventud cada instante es una sorpresa, cada día una novedad, cada semana un acontecimiento, pero nuestra realidad futura al quedar tan lejana es un enigma, brilla en la lejanía como por la noche lo hacen las estrellas en el firmamento.

Ahora, superados los setenta, nuestro futuro está muy cerca y, por lo tanto, al estar tan pegado a nosotros y poder acariciarlo alcanzamos a medirlo. Al conocer con detalle todo lo acontecido en nuestros capítulos anteriores podemos medir con rigor el trozo de futuro que aún nos queda; esto la juventud no lo puede hacer ya que lo que le falta por vivir es casi todo y lo vivido es muy escaso.

La época juvenil está llena de incertidumbres, enigmas, conjeturas y sorpresas, sin embargo, es una época dichosa y mágica porque en ella todos los sueños valen. Para mí, la ciudad de Boston siempre simbolizará esta época dorada: los años de la juventud, la época de los sueños.

 

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