DESDE BARCELONA.
Repasar el pasado.
[Jordi Querol]

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Anteayer miércoles mi hijo mayor me llamó desde Zúrich, ciudad donde trabaja y reside con su familia, indicándome las fechas de sus próximas vacaciones en Cartaya (prácticamente todo el mes de Julio). Lo hace así para que los abuelos españoles tomemos medidas al respecto.
Antes, nuestras vacaciones de verano siempre discurrían en Agosto junto a nuestra familia andaluza; todos ellos ‘choqueros’ de pura cepa, pero desgraciadamente la mayoría de ellos hace ya varios años que nos dejaron y aquellos amenizados y profusos reposos onubenses se terminaron. Desde su desaparición, mi mujer y yo ya no podemos veranear solos, por eso nos acoplamos afanosamente a los planes vacacionales de nuestros nietos ‘suizos’ y sus padres.
Entre la mencionada familia andaluza se encontraban dos singulares personajes: mis cuñados. A uno de ellos (el hermano de mi mujer), en Fertiberia, lo apodaban Rebusca o Lepero; su verdadero nombre era Silvino Hidalgo. Su notable idiosincrasia no producía indiferencia y año tras año nos deleitaba contándonos sus innumerables chistes. Ni en Huelva ni por supuesto en ninguno de estos alejados mundos que he recorrido nunca nadie los ha contado mejor. Aún percibo las sonoras carcajadas de Ramón, Pepe Bayo, Alejandro, Pepe Delgado, Manolo García Gallego y tantos otros que, arremolinados a su alrededor, quedaban absolutamente seducidos. Los allí presentes difícilmente olvidaremos aquellos entrañables festejos en El Rompido que, enmarcados entre pinos, brisas, estrellas de estío y carcajadas se prolongaban hasta muy entrada la noche. Silvino, con su donaire andaluz, instruido y singular, nos embriagaba a todos.
Mi otro cuñado se llamaba Juan Machuca, vivía en la Orden (Huelva) con su esposa Concha (la hermana de mi mujer) y sus dos hijos, pero los Agostos siempre los pasaban con nosotros; nunca faltaron a la cita. Cuando nuestro país vivía las penurias de los años cincuenta, Juan trabajó en Alemania y en Barcelona, pero en aquellas latitudes nunca se sintió suficientemente cómodo. Al final, siempre regresaba a su ecosistema natural, su querida Huelva. Su carisma, su morfología singular, es decir, su porte y esbeltez inconfundible le suministraban un aire distinguido e incomparable; os puedo asegurar que nunca pasó inadvertido. Muchas veces, entre chiste y chiste y de repente, arrancaba a bailar al son de ritmos flamencos con una gracia personal inconfundible. Insisto, eran veladas llenas de gozo que siempre perduraran en la memoria de muchos.
Ahora, el descomunal silencio del interior de aquellas paredes blancas en El Rompido, donde tantos años convivimos juntos, nos aturde y desalienta. Por eso, el próximo Julio, al igual que los dos últimos veraneos, nos agarraremos con mucho anhelo a tres cosas: nuestros amigos onubenses de siempre con los que podemos repasar el pasado, la ría del Piedras que nos hace soñar, y la inagotable energía de nuestros nietos que nos empuja con esperanza hacia el futuro.

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