DESDE BARCELONA.
Veintitrés de abril.
[Jordi Querol]

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El pasado miércoles, durante la festividad de “Sant Jordi” (día del libro), Barcelona lució de maravilla. Con un cielo limpio y absolutamente azul, y con un clima atrayente, el panorama de ese nuevo veintitrés de Abril (ese día del año 1616 mueren Cervantes y Shakespeare) nos llegó como esperábamos, de manera brillante, veloz y plena.
Las calles de mi ciudad, en esta época ya sobradamente llenas de turistas, se veían colmadas por centenares de tenderetes atiborrados de textos y de flores. Todo el mundo compró con ilusión algunas rosas y varios libros y, paralelamente, otras personas los recibían. Nadie que ejerza mínimamente de barcelonés, se puede sustraer de los efectos de los libros y de las rosas durante esa asombrosa jornada. A través de esas dos cosas tan significativas y bellas expresamos amistad y amor a nuestros amigos y seres más queridos. Encontrar en el mundo un ritual más gentil y más noble que este no es tarea fácil.
De los libros oteados parece deducirse que “Las tres bodas de Manolita”, “La analfabeta que era un genio de los números”, “El juego de Ripper”, “Eufòria” y “La gran desmemoria”, respectivamente de Almudena Grandes, Jonas Jonasson, Isabel Allende, Xavier Bosch y Pilar Urbano, y naturalmente todas las obras del gran García Márquez e inexplicablemente “Ambiciones“ de la tertuliana Belén Esteban, han sido los más vendidos.
Hablar ahora, de las firmezas y sinrazones, de los nuevos libros que durante estos días van apareciendo sería una tarea extensísima. Sin embargo, hoy, me gustaría hablar brevemente de algunas de las emociones que asisten la germinación de un libro, es decir, del plazo que va desde su inicio hasta que finalmente reposa en las vitrinas. La primera parte del proceso, a mí, personalmente, es la que más me satisface; en ella me siento muy cómodo, me estoy refiriendo a la fase creativa inicial, es decir, la puesta en marcha de la primera idea y su correspondiente progreso. Una idea que, a través de innumerables correcciones y continuos cambios, pero sin pausas ni apresuramientos innecesarios, va desarrollándose sin cesar. Después, al final, asoma un hecho absolutamente incómodo, me refiero a cuando la editorial manifiesta que para sacar el libro el día veintitrés de Abril necesita el original, si o si, antes del quince de Enero. La semana que antecede a este ultimátum es una verdadera chifladura. Nos invaden muchísimas dudas (correcciones, indecisiones, ampliaciones…) y la jornada laboral no resulta suficiente. Debido a ello se usa parte de la noche y finalmente se remite al editor el consabido original. En aquel preciso instante el libro huye de nuestro control y el escritor es presa de una emoción extraña; una sensación parecida a cuando entregábamos nuestras respuestas al tribunal, en un examen final importante. Insisto, en el momento de esa entrega un aturdimiento y una soledad especial nos sacude y, entonces, empieza otra aventura que el escritor no controla. Aquel libro ya no será un solo libro; serán muchos y muy distintos, tantos como lectores. Estos, sus nuevos dueños, son los que determinaran sin compasión, pero con una precisión sabia e inconmensurable, su futuro.
Hace pocos días el conocidísimo urbanista Juli Esteban presentó mi libro “25 calles para disfrutar Barcelona” y, escuchando embobado su discurso, me entusiasmé. Sin embargo, al poco rato, desperté de mi particular sueño y me di cuenta que aquello no era el resultado final, eran simplemente las fantasías piadosas de un entrañable y viejo amigo.

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