DESDE BARCELONA.
Calidad.
[Jordi Querol]

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No sé si el actual sistema económico mundial funciona bien del todo, sin embargo, el mercado es fundamental y, gracias a él, nuestra sociedad evoluciona sin parar. Podríamos aseverar sin riesgo a equivocarnos que, sin él, el ritmo de nuestro crecimiento sería menor. También es cierto que, si lo dejáramos mover a sus anchas sin controlarlo, seguro que se estropearían un montón de cosas.
Para contrarrestar el ímpetu natural del mercado, nuestras administraciones (estado, autonomías y ayuntamientos) deben intervenir con la máxima fuerza ética. Las dos actitudes son legítimas; unos se mueven en un mundo lleno de intereses individuales, y los otros son los responsables de conciliar los mencionados intereses con las necesidades colectivas.

Si una empresa inmobiliaria -cuya reivindicación básica es la de mercadear construyendo inmuebles- se encuentra con administraciones inteligentes y raudas que tramitan con agilidad las licencias y permisos de acuerdo con las normas legales establecidas, las cosas no sólo funcionan bien, sino que además generan resultados positivos para todos. Las administraciones han de contrapesar el arresto de lo privado, pero nunca han de ser sus antagonistas. El mercado, que es la energía, ha de ser compatible con las normas, que son la ética, y juntos caminar hacia un futuro mejor. Cuando existe esta transversalidad, no solo surge el equilibrio sino que de este modo aparece la calidad.
Creo sinceramente que el urbanismo municipal de estos últimos años ha progresado una barbaridad. En él se está notando una mayor participación ciudadana; el impacto social y ambiental ha mejorado; los planeamientos han ganado en estrategia y reflexión y, sobre todo, el Plan Proyecto se ha convertido en la herramienta fundamental.

En medio de una sociedad mucho más compleja que las de antaño, ha nacido un urbanismo que, buscando el equilibrio mencionado, no ha olvidado los tres pilares básicos de todo planeamiento: la diversidad, la cohesión social y la sostenibilidad. Sin embargo, para que la ‘ce’ de Cartaya continúe siendo la de ‘calidad’, mi consejo al actual alcalde, y a todos aquellos alcaldes de municipios similares con posibilidades turísticas es que salvaguarden en sus territorios la mencionada calidad. Digo esto porque cuando los países europeos vecinos -que seguramente saldrán de la crisis mucho antes que nosotros- retornen otra vez a nuestras costas buscarán calidad y, si no la encuentran, la indagarán en otros lugares. Cuidado, si los perdemos como clientes nuestra crisis puede ser larguísima.

Muchos de mis lectores ya saben que vivo en Barcelona, una ciudad con un estupendo clima mediterráneo, repleta de museos, teatros, buenos restaurantes y algunas cosas más, sin embargo, hace un par de días al ir a comprar unos periódicos en uno de los quioscos de la Rambla de las Flores aprecié un notable mal ambiente. Todo ocurrió muy temprano y muy rápido; estacioné mi motocicleta detrás del mencionado quiosco y al sacarme el casco lo que vi de inmediato no me gustó, y durante unos segundos recelé de la actitud de las personas que me cercaban. Después, ya en mi barrio, me dirigí al bar de siempre y delante de un café escribí con tranquilidad este artículo sobre la calidad. A ciertas horas, la Rambla de las Flores de Barcelona la ha perdido totalmente.

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