VENTANA DEL AIRE.
La ideología, a los presupuestos (1).
[Juan Andivia]

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Cuando hablamos de calidad educativa, estamos hablando de inversión económica.
Al exministro Ángel Gabilondo, que casi consigue un pacto por la educación en nuestro país, se le atribuye una frase que me he permitido usar en varios foros y ocasiones: “La ideología, a los presupuestos”. Y es que se trata de esto precisamente, porque no se puede hacer una reforma educativa sin memoria económica y con parches, remiendos y zurcidos varios.

No tiene sentido hablar de una educación de amplio espectro, sin abordar todo el abanico de la diversidad, por arriba y por abajo; y si nos referimos a la formación universitaria, con más razón.
Un año lectivo en una universidad estadounidense de prestigio, como Harvard, Cambridge o UCLA, por un grado de cuatro años, puede costar hasta cincuenta mil dólares (casi treinta y siete mil euros), sin contar los gastos de alojamiento, transporte, seguro médico y otros. Desde luego, existen centros públicos, donde podemos empezar a contar a partir de diez mil dólares de matrícula más gastos.

Creo que se entiende que no relaciono la calidad con privacidad, sino con inversión, que se hará por parte de quien sea, para que colegios, institutos y universidades tengan todos los servicios, los mejores profesores y las mayores opciones. Y, en el caso, de la educación pública, a cargo del Estado y para quienes no pueden sufragarse centros como la M.I.T., por ejemplo.
En Finlandia, muchos centros educativos tienen guardarropa, cafetería y gimnasio, dado que los recorridos son largos, el clima extremo y se pasa mucho tiempo en ellos, pero aquí no tenemos ni la temperatura adecuada para poder concentrarse en lo que se enseña y en lo que nos enseñan. Allí, se selecciona al profesorado en función de la valía, que ya viene avalada cuando titula y el docente, de cualquier nivel, está considerado como alguien que contribuye al progreso de su país y, por lo tanto, es un profesional muy respetado. Y bien pagado.

No voy a recordar cómo está la educación en España. Todos somos víctimas de los cambios de planes, de la falta de autoridad, de la improvisación (véase como muestra la implantación de la Formación Profesional Básica para el próximo curso), de los abusos legislativos y del menosprecio del maestro. Esto no quiere decir que no haya quienes se salven de este naufragio perenne y se siga exportando ingenieros, arquitectos y sanitarios, pero ni se respeta al universitario ni al técnico bien formado, que los hay.

Y ahora, la llamada LOMCE parte de un presupuesto ideológico, que no económico, para estructurar un conjunto de atentados que, por su radicalidad, se derogarán en cuanto se pueda, como han prometido todos los partidos políticos, excepto el gobernante: Mal comienzo, porque el planteamiento debería ser el contrario, aunque no estoy seguro de que se haya errado el tiro, porque con esta ley habrá quienes vayan a Harvard y, además, no habrán tenido que mezclarse con quienes solo tenían voluntad de estudiar, pero no dinero y servirán para garantizar una mano de obra barata.

Las ideologías, a los presupuestos, sí, pero ideologías de Estado, consensuadas, para que, de una vez por todas, tres generaciones puedan conocer la estructura del sistema educativo sin contarse unos a otros las equivalencias y pueda avanzarse en una dirección única. Ideologías que partan del convencimiento de que lo más importante requiere todo el esfuerzo, todo el interés y todos los recursos, empezando por los materiales.

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