DESDE BARCELONA.
Secuencias feas del pasado.
[Jordi Querol]

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Cada día, por la mañana, un gran número de españoles nos levantamos con cierto mal humor (unos más que otros lógicamente). Muchos ya no gozan de trabajo y otros lo asumen pero de manera transitoria, sin embargo, el estado de ánimo que relato es genérico, incluso están de mal humor aquellos que empiezan puntualmente su jornada laboral. ¿A qué se debe todo esto? Sin duda alguna al ambiente general, es decir, a los que aún disfrutan de un buen salario (algún autónomo, funcionarios y jubilados), les incomoda constatar que sus mejores amigos, varios vecinos y algún que otro familiar están en el paro. Lo nuestro (lo personal) nos afecta de manera directa pero, al vivir en sociedad, lo de los otros, indirectamente, también y mucho. Es muy triste acabar una larga carrera universitaria y no tener ninguna opción laboral. Nadie en este país, absolutamente nadie, soporta las espectaculares tardanzas de los Tribunales de Justicia en resolver casos incontestables de corrupción (Filesa, Bárcenas, Millet, Urdangarin…)
La lista de cosas que no soportarnos es muy larga. Sin embargo, una vez más, me gustaría llamar la atención sobre lo ocurrido en las elecciones europeas de hace unas semanas y las posteriores dimisiones como consecuencia de las mismas. El ciudadano modifica su voto porque necesita confiar en sus dirigentes pero, por encima de todo, lo cambia en busca de honestidad. El nuevo grupo ‘Podemos’ (versión moderna de Izquierda Unida) se suma a la lista de nuevas propuestas que acechan a esta Europa confusa. Rubalcaba, Navarro y muchísimos más se van, y el rey Juan Carlos acaba de abdicar; con sus respectivos substitutos seguro que continuaremos pero, ¿en qué dirección?, ¿hacia dónde?
Antaño con combinados tipo Pujol-Gonzalez-Arzalius, o bien, Arzalius-Aznar-Pujol íbamos tirando. Eran cocteles que, a través de pactos, al beberlos no provocaban ningún tipo de acidez. Fueron épocas atractivas democráticamente donde, insisto, el equilibrio surgía de los consensos: los partidos grandes -sin mayorías absolutas- dependían de las minorías. Sin embargo, no nos dimos cuenta que, paralelamente a eso, crecía la ‘burbuja’ y muchísimos ponían la mano en la cesta, es decir robaban. Estos conocidos picaros y otros muchos que nunca sabremos sus nombres actuaron a sus anchas y el país se debilitó no solamente económicamente sino que, además, al reventar la mencionada ‘burbuja’ nos hundimos moralmente. Ahora, lo difícil es encontrar al camino de salida adecuado.
El edificio del Estado, en manos de un PP con exceso de arrogancia y con mayoría absoluta, ni se toca ni se rehabilita; nadie mueve ficha, no se revisa su estructura ni se analiza su código energético. Los otros partidos PSOE, PNV, CIU… también se hunden y propician el enfrentamiento. Una confrontación social alarmante que a su vez también es territorial.
Estamos mal, muy mal. El PP tiene la obligación de salir de su cueva y cepillar los hombros de sus trajes para liderar urgentemente la rehabilitación del edificio, o sea, modificar la Constitución, buscar un pacto territorial más clarividente, repartir entre todos los costes de la crisis (los bancos, las cajas y las multinacionales los primeros de la fila), acelerar las sentencias judiciales para recuperar parte del dinero sustraído y ayudar a la juventud. Si no se hace todo esto auguro un futuro que me recuerda secuencias feas del pasado.

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