DESDE BARCELONA.
Aire libre (y 2).
[Jordi Querol]

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En mi artículo anterior (Aire libre -1) decía que el espacio público era el lugar para las fiestas populares, el territorio donde los nativos se mezclan para revelar sus conflictos y, numerosos turistas, disfrutan de las bellezas locales; hoy, abundando sobre lo mismo, podríamos ampliar y a su vez resumir dicho fragmento diciendo que es el lugar donde, una gran mayoría de nosotros, nos relacionamos de manera plural, diversa y cotidiana. Uso la palabra ‘relacionamos’ en su sentido más amplio, o sea, intercambiamos ideas, emociones y recuerdos, pero también canjeamos dinero por objetos, es decir, compramos un sinfín de cosas. La comercialización en nuestras ciudades (tiendas, mercados, centros comerciales, galerías, etc.) está absolutamente vinculada a los espacios públicos (calles y plazas). Esta íntima relación entre comercio y ciudad además de fascinante es también muy delicada, es decir, cuando por culpa del negocio turístico los centros históricos de nuestras ciudades expulsan a la población residente, la ciudad pierde calidad.

Del conjunto infinito de actividades humanas que conozco (estoy hablando naturalmente de las loables), la que tiene que ver con la construcción de la ciudad es una de las que más me fascinan. En la ciudad todo está mezclado: lo prosaico con la poesía, lo cultural con lo económico, lo global con lo local y, al final, lo lógico, muchas veces espantado y atacado por esporádicos ingredientes de mala suerte acaba siendo la cosa más ilógica del mundo; desgraciadamente, la fatalidad, también está muy presente en la evolución de la ciudad.
A través de sus espacios públicos podemos reconocer y analizar la ciudad. La recorremos con tranvías, taxis, autobuses, o con nuestro propio coche, moto o bici; sin embargo, cuando caminamos sin prisas por los mencionados espacios es cuando mejor la gozamos.

Vivimos en un barrio determinado y, dentro de él, todas nuestras rutinas se humanizan. En nuestro barrio, lo cotidiano se convierte en simbólico, y cuando salimos de él para dar una vuelta puntual por alguno de los centros de la ciudad, entonces vivimos la experiencia de lo global. Cuando una ciudad logra “ser ciudad”, detrás de cada una de sus calles y de sus plazas, se adivina la vida colectiva. Por encima de las modas y de los éxitos temporales, en las ciudades verdaderas se convive. Esto es lo básico: la convivencia entre sus habitantes. La mencionada armonía ciudadana aumenta proporcionalmente a lo que la ciudad sabe ofrecer.
Lo estrictamente urbano nunca viaja solo. Un excelente marco físico nunca es suficiente. Una ciudad físicamente atractiva, o sea, fotogénica, con buen clima, limpia, y con esplendidas plazas y calles, pero sin servicios, parques y equipamientos, no pasa de ser una ciudad encantada y superficial. “Ser ciudad” sólo se puede conseguir a través de planteamientos urbanos inteligentes. Insisto, los buenos procesos de reconstrucción y ampliación de las ciudades sólo se pueden lograr a través de proyectos políticos avispados. Si el modelo de ciudad barroca fue el paradigma de lo bello y glamoroso, hoy, una ciudad que quiera “ser ciudad”, de lo que de verdad ha de ser paradigma es de convivencia. Barcelona y Huelva son dos buenos ejemplos de eso; solo hace falta andar por el Paseo de Gracia o la calle Concepción respectivamente. En estos dos excelentes lugares, ciudadanos muy distintos, juntos y al aire libre, aceptan las discrepancias, es decir, saben convivir.

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