TERETES.
Acostumbrar.
[Paco Velasco]

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TeretesLa costumbre como método bucea en la ilegalidad. Se comienza habituando a repetir algunos actos y se termina instruyendo y, lo que es peor, adoctrinando. Lo que se inicia por hábito se culmina en precepto. Ya saben que las costumbres se hacen leyes. El carácter o la propensión o el miedo o la violencia pueden conducirnos a hacer común lo que debe ser excepcional. El lavado de cerebro de las personas se genera a partir de pequeñas repeticiones más o menos sutiles y la ejercitación constante de las mismas hasta que adquieren categoría de necesidad.

Acostumbrarse a fumar o a no fumar forma parte de este rito de la creación artificial e impuesta de disciplinas externas rayanas en la imposición más dictatorial. La Ley contra el tabaco que ha redoblado sus esfuerzos represores es un claro ejemplo de convertir el behaviorismo animal en conducta humana. No vale la autoconvicción para repeler el ataque del tabaco. Tampoco se desecha la abolición legal de la venta de cigarros no sea que la industria del ramo ponga de patitas en la calle a miles de trabajadores que viven de ella. Por supuesto, que no se prohíbe la venta de cajetillas pues, en su caso, se privaría al Estado de una importante fuente de recursos tributarios.

La ley antihumo es, en realidad, una nueva fórmula de la ley seca que sacudió la América del primer tercio del siglo XX. Entonces, la prohibición del alcohol causó problemas mayores a los que se quería evitar. La ausencia de libertades y el fomento de vetos provocan efecto boomerang. El surgimiento de bandas de traficantes y la aparición de nuevos alcapones es uno de ellos. Condenen las religiones y nacerán apóstoles de la confesionalidad del Estado. Ejecuten a los líderes revolucionarios y nuevos mártires llenarán las hornacinas de la memoria del pueblo. Defiendan la salud por encima de la intención de cada persona y ella misma se rebelará contra los misioneros de la sanidad.

La Ley antihumos es, por otra parte, muestra universal, que no española, de la infinita hipocresía de nuestros gobernantes mundiales. Cinismo desmedido que, acaso, encuentre en nuestro país rasgos de especial perturbación social. En la sociedad española, el número de establecimientos hosteleros per capita es formidable. En la misma callejuela nos topamos con dos o tres bares que sacian las necesidades sociales y de frecuentabilidad de nuestros compatriotas. Desde el amanecer hasta casi el alba, las cafeterías, tabernas y demás tiendas de venta de alcohol y de consumo de tabaco lanzan al “azur” el brillo de los neones. Hay clientela y la oferta no sucumbe a la crisis.

Fumar es un placer, cantaba Sarita Montiel a la expectativa de Carlos Gardel. Como lo es dejar de fumar. La libertad de cada uno colisiona con la libertad de cada otro. He ahí el principio de actuación de las leyes. Y de comprensión de las mismas. Y de justificación de los parlamentos. Cuando se legisla a medias, una parte queda a merced de otra. Es la marca de los demagogos.

Miro a mi alrededor a través de la planta ático del edificio que me cobija. Veo a apenas medio kilómetro de mi casa una inmensa superficie blanca. No es una plataforma de sal, pese a la proximidad de la ría. Ni una meseta nívea porque las precipitaciones blancas son muy improbables en el sur del meridión. Ni un descomunal cauce fluvial cercano a la ciudad porque su caudal no se compadece con la raquítica aportación de lluvias. Nada de eso. Se trata de una superficie gigantesca formada por una colosal balsa de fosfoyesos. De fosfoyesos.

En Huelva, se prohíbe fumar mientras se permite que elementos nocivos para la salud se almacenen junto al núcleo urbano. En Huelva se rechaza el humo del cigarrillo en tanto las chimeneas de las fábricas inundan la atmósfera con vapores nauseabundos. En Huelva, el Psoe y el Pp defienden la ley antitabaco y reprimen a los ecologistas que se oponen a la polución del aire. En Huelva rige la ley del más fuerte. Del que utiliza la ley según el viento sople hacia la playa, hacia la montaña o hacia el propio bolsillo. En Huelva nos han acostumbrado.

No debemos acostumbrarnos. La salud moral está por encima de la salud física. Si nuestra moral enferma, lo sufre nuestra psique y, a partir de ella, el “somas” resulta afectado. Libertad para fumar. Libertad para no fumar. Busquemos espacios no conflictivos. He ahí la cuestión.

Servidor, lo digo por si acaso, no ha fumado en su vida. Si muero, que sea por el tabaco de los fumadores, que no por las radiaciones de los fosfoyesos.

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