DESDE BARCELONA.
Vacaciones (1).
[Jordi Querol]

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Veo a mi mujer zanjando el tema maletas; ya casi están listas. Rodeados de una crisis general y, en particular, de algunos achuchones propios de la edad, el próximo viernes, felizmente, bajaremos al Sur en busca del Rompido.

La falta de paz política, mucha corrupción, la abdicación del rey Juan Carlos, varias elecciones y algunas cosillas más han sido los protagonistas del curso que hace unos pocos días terminó. Para los que nos dedicamos a la arquitectura el año ha sido muy feo, igual de feo que los últimos cuatro, o sea, de trabajo nada de nada. Ahora, nos apetece empezar las vacaciones, nuestros cuerpos necesitan descanso y sosiego.

El verano, con su calor y todas sus singularidades, es la estación que muchos escogemos para descansar. Mi mujer y yo desde hace tres años elegimos Julio y lo hacemos (como ya he dicho) en El Rompido. Prácticamente a finales de junio nuestros termostatos vitales nos avisan que tenemos que parar, o sea, nos anuncian que nos hace falta tumbarnos. Siguiendo a rajatabla esta lectura, variamos de aires, de vestimentas, de horarios, de paisaje y de acento lingüístico; en pocas palabras cambiamos de actitud. En El Rompido lo logramos, nuestra mudanza es definitiva y categórica.

Este estupendo lugar del suroeste hispano representa muchas cosas, hoy, contaré unas cuantas. Si me obligaran a explicarlas siguiendo un orden de prioridades, empezaría hablando de pinos. En nuestra parcela hay exactamente trece pinos; vivir debajo de ellos durante casi un mes significa mucho. En la zona de Barcelona donde yo vivo, los árboles no están en las casas, están en la calle, son elementos públicos y algo lejanos. Nuestros pinos onubenses están cerca y siempre nos esperan, los podemos tocar y, aprovechando su sombra entrañable, notamos que nos afectan positivamente. En segundo lugar hablaría del “cruce”, como cada año, descubrirlo repentina y bruscamente de frente representa un enorme placer. Para mí lo más significativo de este bellísimo horizonte azul (el cruce) es su tozudez: siempre luce idéntico. Cada año me recuerda educadamente que estará allí durante unos cuantos siglos más. En tercer lugar, el espectáculo de la ría del Piedras; surcar sus aguas con lentitud cuando la marea parece dormida y la gente aún está en los bares delante de su media “tosta”, una inmensa, silenciosa y reconfortante serenidad penetra dentro de mí.

Escribir sobre vacaciones es dilucidar sobre la posibilidad de practicar una vida totalmente distinta. Abandonamos a todos nuestros fantasmas de cemento; fantasmas propios de la gran ciudad que, como el progreso, estresan y rugen sin parar. Con la esperanza de que todo continúe igual en El Rompido, mañana limpiaré mi cerebro de e-mails y beberé vino blanco con mis amigos cartayeros. Can la ayuda de Vueling y Europcar cruzaremos España en tres horas. Eso si, sin prisas para emocionarnos otra vez al ver el “cruce”. Nuestros veranos en el Rompido siempre han funcionado de maravilla: nos dan arresto para continuar. Las vacaciones son esto, una estupenda pausa para cargar baterías.

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