VENTANA DEL AIRE.
El objetor.
[Juan Andivia]

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Hace mucho tiempo, un amigo que militaría en los pesos pesados de cualquier deporte de lucha llamó a la policía para evitar que un vecino enajenado le hiciese llegar a las manos, mientras estaba descargando algunos bultos de su coche en una calle solitaria. La policía acudió y, antes que nada, multó el vehículo mal estacionado de mi amigo y dejó que el provocador se le escapara.

Veinte años después, los municipales que pasaban por la puerta de un hospital le hicieron retirar su vehículo cuando iba a recoger a un enfermo, porque también estaba mal aparcado. Y me decía que, antes y ahora, la policía local nos suele asombrar con su invariable ineptitud: Coches amontonados en los alrededores de los campos de fútbol los días de partido, ciudadanos que se juegan la integridad física para salir de su garaje porque, a dos pasos de una comisaría, se sigue aparcando impunemente en doble fila y calles cortadas para que los menores puedan beber alcohol tranquilamente.

Me decía que si esta conducta fuera la consecuencia de una precisión justiciera, o incluso de una voracidad recaudatoria, la comprendería; pero no es así: Con las multas que se pueden poner, si se cobraran, se tendría suficiente para sanear más de una partida de los presupuestos; pero es que se trata de un nuevo concepto de incompetencia que nace de no saber a quién contentar. Es decir, de trabajar no de acuerdo a unas determinadas directrices o exigencias, sino de moverse conforme al deseo de unos orientaciones cuya finalidad es ganar votantes ocasionales y no hacer una verdadera política. Lamentablemente, no solo ocurre en la policía; los desorientados son muchos, pero a ver quién se atreve a demostrarle a la administración pública que la eficacia es más importante que la fidelidad.

Y fue entonces cuando mi amigo se hizo objetor de tráfico y partidario de la multa del euro, que consistía en cometer la misma infracción, sin necesidad, ene veces y dividir el importe de la improbable sanción por el número de faltas. Decepcionado, me comentaba lo tendenciosa que era la ley con quien intentaba cumplirla y se equivocaba solo una vez: Este paga, acata y ve cómo los taxistas y los ciclomotores se saltan los semáforos en rojo o los conocidos aparcan de aquella manera. Quien cumple es quien debe temer, nunca el infractor profesional.
Ahora le comprendo. Lo que tampoco entendía era por qué la autoridad incompetente invita a utilizar los transportes públicos para ir al trabajo y anima los fines de semana a exhibir el mal gusto y los watios de más de algunas discotecas móviles.

Aquel hombre me aseguró que era todo lo que le había pasado en treinta años de carné, pero que ya estaba harto de que a los conductores de las cantinas de cuatro ruedas no se les sometiera a ninguna prueba de alcoholemia, conociendo el proveedor, el destino y las puertas de salida. Y que se hacía objetor.
Pues yo, le respondí, te dejo, que tengo que ir a pagar el impuesto de circulación, que me he pasado unas hora y me ha dicho el banco que ya lo llevo con recargo.

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