DESDE BARCELONA.
Vacaciones (2).
[Jordi Querol]

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La playa, la sombrilla, los pinos, las mareas, los vientos, y una bolsa con algo de fruta son elementos consustanciales con las vacaciones en El Rompido. Al usar continuamente estos componentes tan vinculados al ecosistema, posteriormente, sentimos una puntual e imperiosa necesidad de consumir lo urbano, es decir, lo artificial, y cuando esto ocurre, nos vamos a Cartaya. En esta zona onubense, naturaleza y ciudad conviven con llaneza, es una bellísima divergencia.

A excepción de su entrada Sur (la que corrientemente usamos los que paramos en El Rompido), donde asoman unas viviendas algo presumidas, orgullosas y rimbombantes (supongo que son las residencias de familias acomodadas), en general, la mayoría de edificaciones de Cartaya (del mercado municipal hablaremos otro día), parecen existir para -vistiendo de blanco y cobijadas bajo tejas árabes- concretar espacios públicos (estoy hablando de calles y de plazas). Cartaya siempre ha evitado iconos arquitectónicos extraños y colores extravagantes; es una ciudad obstinada, su gran personalidad la ha llevado a eso, a ser una unidad blanca y armónica donde tan solo las estupendas arquitecturas de la Plaza Redonda asumen cierto protagonismo, sobre todo la del edificio del Ayuntamiento. De noche, iluminado, luce espléndido.

Durante las vacaciones vemos menos televisión, conversamos más con vecinos, familiares y amigos y, en general, hacemos más vida social. Reparamos cosas que en invierno no nos atrevemos y al final descubrimos con satisfacción que somos capaces de hacerlo; las colas en las ferreterías son exageradas, algo que no sucede en otras épocas del año; leemos mucho más y eso nos enriquece; somos más rumbosos y, alguna que otra noche, vamos de restaurante y cenamos con nuestro hijo mayor, nuestra nuera y nuestros dos nietos. Verlos corretear por la terraza del Restaurante Paseo Marítimo del amigo Joaquín Ceada, mientras los mayores continuamos conversando es algo que no se olvida. Durante la siguiente mañana, ver desde la ría del Piedras, la tranquila luz que anuncia la salida del sol, no sólo provoca un inmenso goce, sino que además te hace reflexionar profundamente.

A veces, necesitamos más nivel urbano y vamos a la capital de la provincia. En Huelva tomamos la media con aceite, lo hacemos en el Bar Central y, desde su terraza, añoramos el desaparecido mercado del Carmen. Mi nieto Noah que me acompaña (tiene seis años), observando a su alrededor me formula una pregunta que resume perfectamente la actual situación de esta zona. Me dice: ¿abuelo, están en guerra en Huelva? El alcalde de esta ciudad ha hecho muchas cosas positivas, sin embargo, el estado actual del antiguo mercado es inadmisible, mi nieto tiene razón, parece un belicoso paisaje palestino con muchos coches encima. Con tantas bombas desapareció uno de los centros más atractivos y vitales de Huelva.

Lo más penoso del verano, entendiendo eso como nuestras vacaciones, es que siempre se termina. Con él se irá un año más, regresaremos al trabajo, y allí nos espera un poco de todo, o sea, algunas nubes, muchos papeles, sonidos de ciudad, un montón de E-Mails que no hemos leído y efectos especiales que nos acompañaran durante todo el año. Sin embargo, pletóricos de energía, seguro que lo sabremos afrontar y, con algo de suerte, las cosas excepcionales que hemos dejado en El Rompido las volveremos a revivir el próximo verano.

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