DESDE BARCELONA.
Vacaciones (3).
[Jordi Querol]

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En mi artículo anterior decía que durante las vacaciones vemos menos televisión, reparamos cosas, leemos a menudo, somos más rumbosos, conversamos más y, en general, hacemos más vida social; también comentaba que, a veces, después de tanto pino y naturaleza, nos apetece pisar lo urbano, nos gusta pasear por la ciudad.
Hoy, toca recapacitar sobre el saludo vacacional y ciertas nostalgias. Durante los tiempos de ocio lo del saludo tiene tres variantes. Unos confunden esta simple ceremonia alargando en demasía la conversación, otros (los más normales), lo hacen equilibradamente y, unos cuantos, descaradamente no saludan. Pasar por el consabido ¿Cómo le va?, ¿Cómo está su esposa?, ¿Y los nietos?, no les gusta. En la ciudad, en nuestro barrio, con un simple ‘hola’ o unos ‘buenos días’ es suficiente y tiene su lógica, nos dirigimos a personas que vemos continuamente. Durante las vacaciones el tema es otro, nos vemos de año en año, por lo tanto, hay más cosas para preguntar.

Un vecino mío del Rompido que fue Consejero de una de las Juntas de Andalucía que presidió Manuel Chaves (creo que llevaba la cartera de agricultura y pesca), varias veces al día desfila en coche por delante de mi casa; alguna de estas veces, temprano por la mañana, coincide que yo estoy regando las plantas o repasando el pintando de la cerca; en aquellos momentos, si nuestra calle fuese un plató, yo soy el único protagonista, es decir, se me advierte claramente. Al pasar tan cerca lo miro con insistencia para saludarlo (antes lo hacíamos) y el susodicho ciudadano que, obviamente me ve, continua mirando de manera rígida y artificial hacia delante (dirección Norte); queda muy claro: no me quiere saludar. Neruda ya lo escribió en su día: el verano es el tiempo para la calma, para la pereza,… En este caso, a lo mejor no es galbana, el ex consejero simplemente cavila que una pequeña conversación conmigo perturbaría sus planes. Realmente, que no me salude no me molesta, lo que de verdad me fastidia es que al constatar su proceder (siempre idéntico) siento cierta vergüenza ajena.

Muchos de los que hemos tenido el privilegio de vivir en El Rompido desde hace tiempo, navegamos por la Ría del Piedras, cruzamos la barra, vamos al Terrón, nos paramos en la Punta de la Flecha y nos gusta saborear el paisaje y, si vamos acompañados, comentamos con pasión su pasado y su belleza. Sabemos de mareas, vientos, botes, barcos, cúpulas y pinos, y no olvidamos que la costa edificable de la ría, en su día, fue la hermana gemela del otro borde.

Durante el verano, mi mujer y yo, recordamos con nostalgia a nuestro querido Auto-Expreso. Dejábamos el coche en la estación de Sants (Barcelona) y por la noche del mismo día, a las 22 horas, salíamos puntualmente en tren hacia Sevilla. Nuestro coche, junto con otros vehículos y dentro de unos vagones especiales, viajaba con nosotros. Cenábamos en el tren y dormíamos en las literas de un departamento con aseo incorporado. Una especie de cuento de hadas sostenible y ecológico. No contaminábamos el país (consumíamos electricidad), hacíamos muy poco ruido, dormíamos como benditos y, a las 8 horas de la mañana siguiente, una voz candorosa nos comunicaba educadamente que estábamos en Córdoba y que a las 9 horas llegaríamos a Santa Justa (Sevilla). Año tras año cruzábamos de esta forma España. El resto ya se lo imaginan: a las diez y media estábamos en El Rompido sanos y salvos. De la noche a la mañana lo de Auto- Expreso desapareció. Añoro muchísimo a Auto-Expreso y me irrita la facilidad con que en nuestro país arrasamos cosas verdaderamente extraordinarias con mucha rapidez y sin que nos tiemble el pulso.

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