DESDE BARCELONA.
Vacaciones y (4).
[Jordi Querol]

0

En los tres artículos anteriores donde se ha hablado del periodo estival he cavilado sobre diversos temas: televisión, reparaciones, lecturas, restaurantes, saludos y añoranzas, sin embargo, terminar sin hablar de nuestros cuerpos, de paisajes, y del afligido regreso al hogar no estaría bien.

Durante las vacaciones acometemos quehaceres diferentes, es decir, ideamos tareas compensatorias; lo hacemos así para no defraudar a nuestro subconsciente que siempre nos ordena trabajo y más trabajo. Dejamos nuestras labores habituales (nuestro oficio), y nos olvidamos que estas nuevas ocupaciones (pintar, tirar trastos viejos, trasladar objetos pesados, regar plantas, arreglar grifos, reparar grietas…), sustitutas de nuestro quehacer cotidiano en la ciudad, para ser ejecutadas necesitan la ayuda de ciertos músculos, tendones y ligamientos que, durante el curso, no hacemos servir nunca. Debido a todo ello, o sea, al arrodillarnos a menudo, ponernos de puntillas, girar el pescuezo en todas direcciones y, un sinfín de estiramientos varios, los primeros días de vacaciones nos levantamos con un montón de agujetas. Nuestro organismo no está acostumbrado a tanto trajín. Sinceramente creo que con tanto meneo nos equivocamos, tendríamos que tranquilizarnos y entregarnos definitivamente a la pachorra, es decir, al sosiego. Un reposo que, rodeado de silencios, nos procuraría serenidad y calma. No se porque pero no lo hacemos hasta el final, es decir, solo logramos la calma mencionada durante los últimos días, al principio, la inercia inicial nos conduce a lo dicho, el no parar.

Estamos en El Rompido y las “fachadas marítimas” que nos rodean son magníficas. Espacios naturales únicos: marismas, dunas y bosques litorales. Poco a poco, pero sin pausa, El Rompido ha buscado su primera línea de mar para instalar actividades turísticas, de esparcimiento, restauración, lúdicas, etc. Junto a estas nuevas demandas también hay que mencionar la existencia de estupendas zonas residenciales. La mayoría de municipios con mar (sin excepción) quieren aumentar el atractivo de su fachada marítima, es natural, sin embargo, no todos lo logran como El Rompido. Pasear de noche por las calles centrales de este núcleo cartayero y marinero, acompañado de un helado valenciano y con las estrellas encima, es fascinador.

Mañana, cuando regresemos a nuestra ciudad de siempre, lo primero que notaremos es la fuerza de lo cotidiano. Hablo de lo frecuente, de todo lo que ocurre durante la mayoría de días del año; lo habitual, aquello que al llegar a la gran urbe apreciamos de inmediato. Ruidos y conversaciones de vecinos que conocemos desde hace mucho, olores característicos, zumbidos de electrodomésticos y voces humanas que se oyen en los patios, en fin, sonidos y efectos especiales que nos acompañaran todos los días. Las cosas que han pasado durante nuestras vacaciones de Julio -mes al que el día de Sant Jordi (23 de Abril) veíamos muy distante y ahora ya es pura añoranza- no se repetirán hasta el próximo verano. Once meses trabajando y uno descansando, la proporción es clara, once es a uno.

Insisto, de vuelta a la ciudad aparecen señales que durante un mes casi habíamos olvidado pero que de manera automática y fulminante, al llegar, se vuelven a instalarse en nuestro cerebro. Surge otra vez lo cotidiano que contrasta con los pinos de Julio, lejanos pero aún flamantes en nuestra memoria.

Compartir.

Leave A Reply

Las cookies de este sitio web se usan para personalizar el contenido y los anuncios, ofrecer funciones de redes sociales y analizar el tráfico. Además, compartimos información sobre el uso que haga del sitio web con nuestros partners de redes sociales, publicidad y análisis web, quienes pueden combinarla con otra información que les haya proporcionado o que hayan recopilado a partir del uso que haya hecho de sus servicios. Ver detalles

ACEPTAR
Aviso de cookies