DESDE BARCELONA.
Jordi Pujol.
[Jordi Querol]

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En el primer párrafo de mi último artículo me refería al afligido regreso al hogar. Efectivamente, he retornado a Barcelona con una inmensa pesadumbre y tristeza; el tema Jordi Pujol me ha trastornado. Primero aturdimiento, y luego lo dicho, pena y tristeza. Compaginar la confesión de Pujol con las alegrías vacacionales de mis nietos, la belleza de la Ría del Piedras con sus inseparables retamas y pinos piñoneros y las gozosas reuniones con mis amigos de Cartaya ha sido muy duro. Después de tantos años reivindicando y defendiendo democráticamente con izquierdas y derechas (González – Aznar) los intereses de Cataluña, Pujol supo ganarse la simpatía de muchos españoles; algunos lo calificaron como ‘un hombre de estado’. Sin embargo, cuando se declaro independentista, millones de ciudadanos quedamos descolocados y, ahora, con su inesperada confesión, nos sentimos afligidos, tristes, cabizbajos y, sobre todo, tenemos la sensación de haber sido engañados. Efectivamente, un mal humor de un vecino, una destemplanza del taxista que nos traslada al aeropuerto, el sofocón de un amigo… nos puede disgustar pero no nos afecta en profundidad, sin embargo, las actuaciones de nuestros padres, o las de nuestros hijos, nos afligen de manera profunda, es lógico, creemos en ellos, son nuestra tribu. Con Pujol me ha pasado lo mismo; Jordi Pujol Solei formaba parte de mi equipaje sentimental intransferible, por lo tanto, creía firmemente en el y, por eso, hasta hace dos años, me representaba.

Ahora, al no poderlo justificar ni defender, me siento muy mal. Leo y releo todo lo que se escribe sobre el asunto y me duele constatar ciertas elucubraciones. Se alude a gentes dolidas como yo (seguidores a ultranza de un líder antifranquista, catalanista, democrático y español); a rivales que aprovechan la ocasión para vengarse; a enemigos que mezclan su debilidad (su corrupción) con la inocencia de otros… Algunos de estos artículos me han acabado de hundir, por lo tanto, llego a Barcelona de muy mal humor y, repito, absolutamente cabizbajo. Por un lado siento vergüenza ajena y por otro, siento el abatimiento del que se sabe traicionado.

Durante mucho tiempo se hablará de Pujol; aparecerán nuevas informaciones y se escribirán miles de artículos. M. A. Aguilar, L. M. Anson, F-M Álvaro, A. Azpeitia, A. Burgos, I. Camacho, M. Carol, F. de Carreras, P. G. Cuartango, C. Cuesta, J. Duva, A. Espada, I. Gil, J. A. Gómez Marín, D. González, E. González, J. González, J. A. Gundín, B. Izaguirre, M. Marraco, S. Méndez, F. Molina, R. Moyano, J. Müller, M. Noguer, R. del Pozo, J. M. de Prada, P. Rahola, Pedro J. Ramírez, J. M. Reverte, C. Rigalt, F. Robles, M. Roca, M. Roger, I. San Sebastián, V. de la Serna, F. de la Torre Díaz, Ussía, P. Velasco, L. Ventoso, X. Vidal-Folch, J. A. Zarzalejos, y muchísimos otros ya lo han hecho; esto solo acaba de empezar. Yo, de él ya no tengo nada más que decir, simplemente ruego que no se confunda a Pujol con otrora sus fieles seguidores. Seguramente somos unos ingenuos muy confiados, pero continuamos siendo antifranquistas, democráticos, españoles, catalanistas, sufragamos los peajes de nuestras autopistas y, con cierto mal humor pero religiosamente, cada año pasamos cuentas con Hacienda. Como cualquier otro país, Cataluña siempre ha buscado ‘referentes’ que la simbolicen, sin embargo, tenemos que aceptar que cuando alguno de estos mitos se desploma, el colectivo continua existiendo con su personalidad de siempre. Cataluña somos muchos, Pujol, su familia, y todos los demás.

Articulistas: ¡cuidado con mezclar gimnasia con magnesia!

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