DESDE BARCELONA.
Regreso a la ciudad (1).
[Jordi Querol]

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Tras el viaje de retorno a casa y en nuestra ciudad de siempre, lo primero que notamos es la gran cantidad de mensajes que se encuentran en el ordenador (correo electrónico). Los sobres acumulados en los buzones del vestíbulo también son muchos, sin embargo, recibir centenares de mails me ha parecido exagerado y a la par empalagoso. Digo empalagoso ya que forzosamente se tienen que examinar; al igual que el correo de papel, todos ellos llegan mezclados y, por lo tanto, el acto de eliminarlos solo se puede concretar debidamente después de leerlos y seleccionarlos. Un mensaje muy importante de un íntimo amigo griego de Salónica llega entre un avalancha de noticias varias (fórmulas para perder peso, anuncios para conocer potenciales novias, la posibilidad de comprar un televisor más grande, métodos para acabar con la celulitis, oportunidades para viajar más barato en avión…) e infinidad de currículos de arquitectos jóvenes que buscan trabajo. Todo ello junto produce vértigo, sin embargo, después de estar un buen rato ante el ordenador afloran los más importantes y las respuestas surgen de inmediato; contestamos por teléfono, o bien, usando el mismo método, o sea, el correo electrónico.

Inmerso en la rutina diaria surge lo cotidiano que contrasta con los lejanos pinos onubenses aún recientes en la memoria. Con el tiempo lo cotidiano ha ido transformándose. En mi caso, lo habitual era hacer vacaciones en Agosto y, ahora, que las hago durante el mes de Julio al regresar a la ciudad sobrellevo algún desconcierto. La mayoría de mis amigos y familiares están de vacaciones, muchas tiendas están cerradas, mis bares de siempre han echado el candado, mi mecánico está pasando frio en un pueblecito de la provincia de Teruel, los turistas de la Rambla cada día son más grotescos, el quiosco de la ONCE desangelado y hermético, 8TV solo emite películas, y los articulistas de La Vanguardia que más me gustan están calladitos y, para colmo, el tema Pujol que tanto me entristeció, fastidiándome parte de mi estancia en El Rompido, continua en los papeles y en todos los medios.

Esta Barcelona de Agosto, bochornosa y vacía de amigos y vecinos, tiene una ventaja, en mi barrio flota una paz especial. En los pisos del ensanche barcelonés, los que transcurren desde la calle hasta el patio interior de manzana, abriendo estratégicamente ciertas puertas y ventanas se pueden generar deliciosas corrientes de aire. Con la mencionada paz y este aire acondicionado natural, atrayente y barato, he tirado miles de papeles, he organizado la biblioteca y el ordenador y ahora me siento mucho más cómodo, mi despacho está al día y luce de maravilla. Sin llamadas telefónicas ni tantos cafés diarios la jornada laboral da mucho de sí y, ahora, la gran noticia, supongo que los lectores que tengan alguna relación con la construcción estarán contentos: estoy percibiendo una pequeña (para ser más exacto pequeñísima) reacción, es decir, noto que el mercado de la edificación se empieza a zarandear ligeramente. He dicho ‘gran noticia’ por un motivo, lo estoy notando en Agosto, un mes de arena, baños, ausencias, viajes y vacaciones. Repito, es simplemente una sospecha, pero intuyo que algo está sucediendo.

Ojala sea verdad y en Septiembre se pueda verificar este hecho delante de un buen café y en el bar de siempre, leyendo buenos artículos, con todas las tiendas abiertas, y con Pujol dando explicaciones en el parlamento catalán y en todos los juzgados que la ley demande.

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