VENTANA DEL AIRE.
Lapidaciones.
[Juan Andivia]

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Por lo visto, dejar que la gente piense lo que de dé la gana es tarea difícil y casi inalcanzable.Y pasa por aquí y por allá, por el nordeste de siempre y por los varios sures, hasta un desnorte de insensatez.

Alguien que piensa huir de Barcelona el día nueve de noviembre, por no ver su ciudad tomada por el despiporre, me contaba que por no ser nacionalista de senyera y barretina la habían insultado y que le espetaban, con total e incalculable incultura, que por qué su hija había estudiado baile español. Sí, supongo que, entrando al detalle, seguirían amonestaciones como que por qué el rioja, o el pulpo, o Velázquez y todos esos casi africanos. No exagero. La ignorancia, rayana en estulticia incurable es el caldo de cultivo de esos millones de personajillos. Y en sus cabezas desordenadas y en su número radica el problema.

No creo que pueda decir nada nuevo sobre el particular, además de haber contado la confesión de mi amiga que nos sumió en desesperanzas; pero en esta nación de naciones, entendidas como territorios, como conjunto que comparte idioma y tradiciones, como lugar de origen y naturaleza, hemos sido siempre carne de tópicos: Seguramente porque nadie discutió que los andaluces éramos desidiosos, toda la industria se fue, o se la llevaron al norte los sucesivos gobiernos centrales y únicos; y allí se quedó. Con toda probabilidad, porque la geografía les acercaba más, se aceptó que Cataluña sí que era Europa, sin recordar que Picasso, que encarnaba el arte europeo y universal, nació en Málaga, por ejemplo. Sin duda, nadie se molestó en recordar que Cádiz, Huelva, Cartagena o Mérida existían antes que Lleida o Tarragona. Y así nos ha ido.

Nuestros conciudadanos de la segregación hablan del catalán, sin recordar que fue tan dialecto del latín como el castellano y, mientras no admiten, permiten o consienten nuestras hablas andaluzas, sí que respetan el ampurdanés, el balear, el alguerés, el rosellonés o el valenciano, faltaría más. A ver si no estamos hablando de desinformación.

Hacer que una región; bueno, nación, tan bella, tan importante, tan rica, ampliamente entendida, como Catalunya ande a la gresca, porque los más lerdos les han amaestrado fabulosamente (de fábula) con historias fantásticas (de fantasía) no parece dejar en buen lugar ni a los sujetos ni a los objetos, ampliamente entendidos.

Un gerundense viajado decía que “te vas de Erasmus a Londres, y descubres que existe vida fuera de nuestro pequeño planeta catalán”. Y es tan verdad como cuando sales de Huelva o de Guadalajara.

Me pregunto si esta persecución de quienes no comulgan con las doctrinas oficiales de la ruptura y el oprobio no será como la de Hipatia de Alejandría, o la de San Esteban, por blasfemo; o todas las lapidaciones que han sido y, lamentablemente, siguen ocurriendo por adulterio, amores no permitidos u otras causas injustificables. Como la de no ser nacionalista. Piedras son al fin y al cabo, peñas más bien, guijarros que impiden andar con la cabeza alta, como si fuera una falta sin perdón a quienes no estan de acuerdo con lo que dicen que opinan una mayoría.

Y lo peor es que si se convocara un referéndum legítimo, lo mismo los demás españoles estarían también de acuerdo con esa independencia; quizá porque, desde las cavernas, se podría volver a inventar la rueda y la democracia.

Definitivamente, mi amiga, y antes de volver a su país, me dijo con tristeza que le gustaría vivir en Francia.
Y a mí, estuve a punto de decir.

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