DESDE BARCELONA.
Cosas de Portugal.
[Jordi Querol]

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Ayer miércoles, aterrice en Barcelona procedente de Lisboa; un viaje rápido pero muy relajante. Lisboa es una ciudad ancha con río y océano, y con calles antiguas que, sin prisas, suben y bajan colinas sin parar. Esta ciudad, siempre ha ejercido sobre mí una extraña influencia. Con más o menos riesgo me atrevo a decir que las grandes ciudades, cuando las visitamos, nos aturden; de golpe, recibimos mucha energía y nos disparamos pero, con Lisboa pasa exactamente lo contrario, insisto, es una ciudad relajante. El martes pasado, a las diez de la noche, caminando tranquilamente hacia el mar desde lo alto del Chiado (como hacen los peatones de la ciudad), en cada una de sus innumerables y encantadas plazas, se percibía claramente el silencio educado de sus habitantes; una grata y amable sensación de paz.

Lisboa, por encima de todo, es melancolía y amable, no sólo porque lo son sus habitantes, sino porque también lo son sus calles y sus plazas. La huella de romanos, musulmanes y bárbaros se percibe con claridad y, después de 1755, año del terremoto, aparece la mano del marqués de Pombal. El barrio de la Baixa es un buen ejemplo de urbanismo ilustrado. La trama irregular de lo antiguo mezclada con el trazado ortogonal posterior expresa una dualidad que me parece la característica básica del carácter portugués y también de la ciudad. Tan portuguesa es la obra exquisita del gran arquitecto Alvaro de Siza como la morfología de sus jarrones populares; los tranvías amarillos, llenos de historia y nostalgia, hoy trasladan a jóvenes que usan continuamente sus teléfonos móviles. Lo popular se codea sabiamente con la ilustración.

El lisboeta disfruta en su Bairro Alto pero también lo hace en la Baixa, en la Alfama o en Belèm. Camino y camino y, cuando ya oscurece, paro y reposo delante del elevador de Santa Justa, hasta aquí llegó el fuego de 1988, después me traslado al Chiado donde puedo ver a un Pessoa inmóvil. Este importante escritor portugués dedicó a esta ciudad una inolvidable frase: “Otra vez te reveo -Lisboa y Tajo y todo-, transeúnte inútil de ti y de mí”.

Hoy jueves, temprano por la mañana, y antes de enviar este artículo a Huelvaya, la urgente necesidad de tomar mis dos cafés matutinos me ha empujado a trasladarme a mi bar de siempre. En él, leyendo como cada día la Vanguardia, descubro y me sorprende gratamente un artículo del escritor y periodista portugués Gabriel Magalhäes hablando sobre Portugal. Magalhäes en su artículo “Una cultura de la paz” dice: “El sosiego que el turista respira en Lusitania es, en realidad, una hermosa tapicería fabricada por tres o cuatro generaciones de portugueses”, “…lo que le encanta de verdad suele ser la sonata de paz que se oye por las calles”, “… Portugal es un país suave, mullido: una nación de muchos musgos”, “… esta sensación budista, que se tiene en los vericuetos de Lisboa, de que no va a pasar absolutamente nada”.

Una delicia de artículo que, sorprendentemente, leo inmediatamente después de haber escrito “Cosas de Portugal”, o sea, pocas horas después de haber saboreado la paz y el alivio que yo siempre siento en Lisboa.

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