VENTANA DEL AIRE.
El gran jeta.
[Juan Andivia]

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Unos doscientos años antes de Cristo, en Anfitrión, la comedia de Plauto, aparece un personaje que que se hace pasar por otro, llamado Sosias, con la intención de ayudar a Zeus a seducir a la esposa de general al que aquel servía. Eran otros tiempos, en que los dioses necesitaban ayuda humana para sus conquistas terrestres. Sin embargo ahora, llegas diciendo que eres vecino de la mismísima Minerva, en el Olimpo y te dejan entrar en cualquier sitio.

Y esto es lo que debió pensar el joven Fran Nicolás, que se las ha dado con queso a quien quiso y cuando quiso: Lo mismo en una recepción real, que en un congreso, charlas, organizaciones o restaurantes. El impostor lo hacía de su representatividad, no de su persona (dice su defensor que nunca utilizó otro nombre), por lo que su ficción se ceñía a la imagen, no a la realidad, algo así como la proyección de las sombras de los objetos, que sustituyen a la verdad.

Sin embargo, no creo que Nicolás sea un gran seguidor de Platón; más bien, si ha de atribuírsele alguna facultad, además de la cara dura y el mimetismo, es la conocer lo suficiente la naturaleza humana o, al menos, la española; y esto es lo que ha demostrado en definitiva, aunque en un mal momento.
No importan las artimañas, que podrán compararse con las de Lázaro de Tormes, ni las víctimas primeras de sus engaños; estafadores y falsarios los ha habido siempre, desde el novelesco Mr. Ripley, de P. Highsmith, hasta los de carne y hueso, como el intérprete de la lengua de signos de los funerales de Nelson Mandela; Lobsang Rampa, con el que crecí, creyendo que era un monje budista y hasta casi leí El tercer ojo; el dúo afónico Milli Vanilli, e innumerables impostores de millonarios, militares, empresarios y médicos.
Todos sacaron sus beneficios durante un tiempo, pero es que nuestro pequeño Nicolás, salvo una cantidad de veintitantos mil euros que se le presume, lo que ha hecho de verdad es perjudicarnos a los demás.
La estrategia, pensada o no, pero demostrada, era que el ser humano de este país se fía más de las apariencias que de otra cosa, que teme al poder, que no pregunta por no molestar y que se pone en manos de quien le enseña una foto y le dice “Usted no sabe con quién está hablando”: Una pena.
Que un muchacho así se aproveche de tanta gente sería grotesco o sublime, según el punto de vista del juicio, pero que ocurra es lamentable, porque prueba que seguimos siendo inseguros, aduladores, confiados y chuscos.
Nuestra RAE, que ha sacado su vigésima tercera edición del Diccionario, ya recogía el término sosias como la “persona que tiene parecido con otra hasta el punto de poder ser confundida con ella” y sigue manteniendo los de embaucador y truhán, tan de moda. Por esto, en un momento en que queremos creernos que no actuaríamos igual que los ya catalogados como defraudadores oficiales, nos viene muy mal esta evidencia de papanatismo, que casi desmonta ese pequeño atisbo de regeneración que unos plantean y otros consiguen y ese perfil nacional de maduros, serios y legítimos.
Fran, como por lo visto se hacía llamar, nos ha recordado a Juan Guerra, Amy Martin, Alicia Esteve, la barcelonesa que se hizo pasar como víctima de los atentados del 11-S y, especialmente, el timo del tocomocho, en que ya ha quedado claro que la supuesta víctima deja al descubierto las intenciones aviesas de un impresentable que quiere aprovecharse de un tullido. Pues así estamos.

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