DESDE BARCELONA.
Aires de América.
[Jordi Querol]

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Los Estados Unidos de América era el sueño de la mayoría de españoles de mi época. Todos, sin excepción, habíamos crecido viendo bailar a Fred Astaire y Ginger Rogers, con John Wayne en las películas del oeste y James Cagney en las de gánsteres, y también gozábamos viendo las películas de Elia Kazan, todas ellas en blanco y negro. Después, con el color, disfrutamos de lo lindo con el bailarín Gene Kelly. En aquellas películas nos acostumbramos a ver multitud de ciudadanos con distintos colores de piel, culturas heterogéneas que convivían armónicamente y en paz bajo una misma bandera. Ciudadanos que continuaban emocionándose al oír el himno de su país de origen pero, que se sentían total y profundamente identificados con todo lo norteamericano. Autopistas, rascacielos, iluminaciones delirantes, máquinas automáticas, televisión en color, supermercados, coches enormes, infraestructuras portentosas, grandes universidades, puentes magníficos… Eran representaciones excitantes; imágenes que, fundamentalmente, a través del cine, se iban acumulando en nuestras mentes sedientas de información.

En Norteamérica todo parecía más grande: las calles, los bosques, los árboles, las gentes, los coches, el mar… El compromiso entre las raíces propias y la gratitud hacia el país donde uno se había establecido definitivamente (plantando la semilla para dar vida a nuevas generaciones de americanos) era impresionante. En las universidades de los Estados Unidos, la relación entre los profesores y el alumnado es absolutamente afable. En la sociedad estudiantil existen multitud de agrupaciones con una envidiable transparencia democrática. En Norteamérica, la competencia, la gran variedad sociológica y la diversidad de tantas culturas generan un enorme y serio respeto hacia dos cosas muy importantes: la honestidad y el talento. Por eso y, con independencia de azares extraños y de suertes (a veces muy diversas), la relación entre esfuerzo y premio es evidente.

Desde hace muchísimo tiempo, y como consecuencia de la admiración que siento por este país, cada año tengo la necesidad de respirar su aire. Escojo Diciembre porque este mes, para mí, representa muchas cosas. Ahora, cuando más cerca estoy de la fecha añorada (el día de levantar velas), más prisa tengo; necesito con urgencia respirar sus aires. Para mí, el año que estamos acabando ha sido muy duro: Urdangarin, Millet, Bárcenas, Gürtel, los ERE de Andalucía, Pujol, los hijos de Pujol, Bankia, Blesa, Rato, Pantoja… el orden es lo de menos, han sido y son temas excesivamente vergonzosos. Con estos espectáculos, demasiado numerosos y bochornosos, que nunca acaban de solucionarse, no se puede continuar. Noviembre se me hará muy largo, casi tan largo como la lista de acontecimientos que hacen cola en los Juzgados.

A veces pienso lo larga que debe ser la lista de embrollos y corrupciones que nunca saldrán a la luz. Por eso, y muchas cosas más, deseo que llegue Diciembre para olvidarme temporalmente de mi país en blanco y negro y respirar durante unos pocos días aires distintos, aires de luz y de color. Aires de América.

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