TERETES.
Al día siguiente.
[Paco Velasco]

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TeretesEn el preámbulo de la Constitución venezolana de 1999, se lee: “El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores e invocando la protección de Dios…”. Mala cosa es poner a Dios/dios como garante de la acción de los gobernantes.

Aristóteles decía que el programa de la política se propone llevar la filosofía de las cosas humanas a la mayor perfección posible. Si una Constitución es la Ley fundamental de un Estado que define el régimen básico de los derechos y libertades de los ciudadanos y los poderes e instituciones de la organización política, nunca se deberá imputar a Dios/dios las deficiencias y maldades derivadas del pisoteo de los derechos y libertades así como de la pésima estructura institucional de ese Estado. Las derechas y las izquierdas extremas son muy dadas a invocar a Dios cuando, en realidad, lo que hacen es incoar un procedimiento especial a los hombres en nombre de ese “su” Dios/dios.

Si nos preguntamos qué es primero, la economía o la política, obtendremos respuestas para todos los gustos. Desde mi punto de vista, la economía condiciona a la política y ésta, al igual que la religión o la moral, se interpretan de forma que aquella ponga la música que el estado ha de bailar. En un país capitalista, los integrantes de la orquesta conocen perfectamente las partituras que los danzantes habrán de ejecutar so pena de que los pasos se trompiquen y los bailarines acaben rodando por el suelo. Del mismo modo, en los países que tocan la flauta del socialismo del siglo XXI. La economía marca la pauta pero la política suaviza los arpegios o, en su caso, elimina de raíz cualquier composición melódica. Al cabo, los perdedores somos los ciudadanos que nos tragamos el marrón de la depreciación de nuestros derechos sociales y de nuestras libertades individuales. En este sentido, la democracia se desprende de su carácter abierto y plural.

Uno se pregunta qué pasaría en España si alguien logra el respaldo ciudadano suficiente como para voltear la concepción del estado, desviar los ríos del poder y dinamitar los puentes que pudieran retrotraernos al pasado reciente. En román paladino, qué repercusión económica y, por tanto, social, tendría el triunfo electoral de una formación al más rancio estilo cubano o bolivariano. Qué impacto provocaría la colisión del formidable tren económico de la globalización con el tren político de la “podemización”. Hasta qué punto es posible hablar de un cambio de ciclo sin que al mismo tiempo estalle la bomba nuclear en territorios de los antisistemas. De qué modo la victoria de estos últimos beneficiaria al estado de bienestar. En qué medida las intenciones de los extremistas concilian con la generación de empleo, la reducción de las desigualdades, la limitación de la fuerza de los bancos o la mejora de la estabilidad social.

Un ejemplo como corolario. Si las cifras hablan de una recuperación económica, lenta pero real, ¿se pondría en riesgo este repunte si una organización a la imagen de Maduro obtuviese mayoría absoluta en las elecciones generales? A mi juicio, el camino internacionalista de la economía sería tan divergente del sendero nacionalista y casi localista de la política, que el gobierno democráticamente elegido perdería toda posibilidad de regular la actividad económica. En su lugar, la vida ciudadana se convertiría en un campo de minas imposible de atravesar.

Las promesas electorales se realizan al compás de las ventajas económicas. Para los políticos, una reelección bien vale una bajada imposible de impuestos o una oferta extraordinaria y continua de empleo público o la reedición de salarios más elevados, de prohibición del despido laboral y, cómo no, de una sanidad y un a educación de calidad excepcionales y coste cero. Al día siguiente, qué. Pues eso. Que en nombre de Dios/dios, los salvadores de los pobres los convierten en miserables. Al día siguiente.

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