DESDE BARCELONA.
Licencias de obras.
[Jordi Querol]

El trabajo de los arquitectos cada vez es más complejo (licencias, multitud de normas, seguridad laboral, plazos, cálculos, visados…) y, a veces, incluso poco gratificante (grietas, humedades…) Para que los arquitectos podamos seguir ocupando con rigor nuestro lugar habitual en el mundo de la edificación, el nivel de nuestra formación debe seguir siendo el más adecuado. De la misma manera que, cuando hablo de la formación de los arquitectos, abogo por la excelencia, también considero necesario que los funcionarios (arquitectos y otros técnicos) que analizan nuestros proyectos para proveer las correspondientes licencias tengan la preparación adecuada. Los trámites para obtener una licencia de obras en pueblos y ciudades de algunas Comunidades Autónomas de nuestro país son exhaustivos. Después de la obtención de un Informe previo, que se consigue presentando un Proyecto Básico completo acompañado de todos los documentos acreditativos del cumplimiento de las normativas vigentes, el expediente pasa al Distrito correspondiente, o sea, a la jurisdicción municipal donde está ubicada la obra. El mismo proyecto se supervisa dos veces, es decir que ha de pasar dos exámenes realizados desde ópticas diferentes y, como cabe imaginar, cada análisis consume su buena dosis de tiempo. Por eso, saber obtener con rapidez una licencia municipal resulta fundamental. Cuando se logra, el cliente se siente satisfecho y el prestigio del arquitecto aumenta. En Europa, el área mediterránea es una de las más regladas: hay normas, leyes y ordenanzas de todo tipo. Cuando ya crees que las conoces todas (incluso las más ambiguas), un día después aparecen nuevas obligaciones: leyes estatales, normas autonómicas, planes a escala municipal y directivas de rango europeo. Cuando no aciertas a colocar correctamente los extintores contra incendios, el expediente queda bloqueado y empieza un difícil camino de enmiendas y reuniones. La compleja burocracia de nuestro país ha hecho de la gestión una actividad difícil, y el asunto no puede trivializarse de forma inocente. En cualquier caso, cuando cumplimos con la última normativa y obtenemos la licencia municipal, el cliente recupera la ilusión, sobre todo cuando se empieza a construir. Y a este respecto creo que es conveniente tener muy presente que la ilusión y la energía del promotor no deben aplacarse nunca, al contrario, deben ser estimuladas. Sus ganas de construir, por supuesto con la intención de hacer un buen negocio, no deben refrenarse, siempre que sean compatibles con las leyes y las normas establecidas. Pensar que el promotor es el enemigo a batir es una actitud que debe erradicarse de inmediato. Retardando innecesariamente la concesión de licencias de obras no se favorece a nadie, al contrario, se genera desánimo y, por tanto, se frena el desarrollo. A lo largo de mi vida he conocido a diversos políticos, políticos honestos que me han jurado y perjurado que si llegaban a gobernar se acordarían de mis opiniones con respecto a la otorgación de licencias. Pero todos, sin excepción, al llegar al poder no han sabido corregir lo establecido, la ‘maquinaria’ ha podido con ellos y las licencias continúan siendo una asignatura pendiente en ciertas administraciones. Se obtienen, pero al ser las dificultades excesivas se consume mucho tiempo. En esta época en que los proyectos de obras escasean, resulta aún más difícil entender estas tardanzas.

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