VENTANA DEL AIRE.
El sueño necesario.
[Juan Andivia]

Decía Hölderlin que ”el hombre es un dios cuando sueña [y] un mendigo cuando piensa” y añado que, como la exigencia habitual es mantenerse con los pies en la tierra y actuar más con la cabeza que con el corazón, se ha encomendado la tarea de soñar a quienes son capaces de encontrar un lenguaje y, después, compartirlos.

El apasionado del equipo de fútbol vive en sus jugadas toda la ilusión que no consigue en otro lugar, el melómano goza, la adolescente se transfigura con su música, el adulto revive; el lector, recrea. Y, obviamente, hay quienes logran emociones en los distintos ámbitos sin exclusiones: musicales, deportivos, literarios; y humanos, solidarios y afectivos.

Se podría decir que estas actividades tienen la delicada misión de dirigirse a esa parte del conocimiento o de la sensibilidad que son el complemento del yo auténtico; y que los encargados de dar forma para el consumo a estos sentimientos, emociones, historias fantásticas, pensamientos o ideas son los artistas, los deportistas y, en general, quienes son capaces de trasmitirlos.

Pero los sujetos de estas obras no deberían mezclarse con los productos que se admiran. El autor y el producto son entidades distintas, aunque en algunos casos la vida del primero pueda condicionar el resultado del segundo: Da igual que Cervantes perdiera un brazo, o que ese goleador, aún por aparecer, sea gay; da lo mismo que Schiller necesitara olor a manzanas podridas para provocar su inspiración o que Balzac se vistiera a veces de monje para escribir, o que nuestro Juan Ramón Jiménez fuera tan difícil como hombre. Lo importante es el legado que nos han dejado o que nos dejan.

La confusión abarca desde los manuales académicos, inundados aún de datos biográficos no relevantes, hasta la costumbre nociva de querer conocer al autor que se admira, al locutor cuya voz nos conquista o los detalles personales de creadores que solo aportarán, muchas veces, una decepción innecesaria o un malditismo sin fundamento. Ser humano y obra, origen y producto son realidades diferentes, relacionadas o condicionadas, pero distintas.

Ahora sí, la obligación es soñar, creer que volamos, que vencemos, que somos lo que queremos o tememos ser, que siguen vivos nuestros recuerdos y nuestras aspiraciones; y no debería importar qué los origina o quienes los transforman en letras, en sonidos, en imagen, en momentánea realidad y en belleza.

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