Profesor de la UHU participa en un estudio sobre la relación entre los móviles y el cáncer

El investigador de la Onubense, Juan Alguacil, asegura que "no hay evidencias científicas de una relación entre tumores cerebrales y ondas electromagnéticas o radiaciones"

Foto Juan AlguacilEn agosto de 2014 el prestigioso diario británico The Guardian publicó una información que dejó helados a sus lecto­res: las personas que utilizan sus teléfonos móviles por más de 15 horas al mes duplican y hasta triplican las posibilidades de desarrollar tumores cerebrales (glioma y meningioma). El estudio tomó como fuente un artículo científico de la revista Occupatio­nal and Environmental Medicine, en donde expertos franceses su­gerían que, pese a no poder mostrar resultados concluyentes, era necesario profundizar en este binomio fatal. “Nuestro estudio es parte de esa tendencia, pero todo tiene que ser confirmado”, aseguró entonces Isabelle Baldi, de la Universidad de Burdeos y una de las participantes del proyecto Cerenat.

Dos meses más tarde, a centenares de kilómetros de la ciudad francesa, un grupo de investigadores suecos confirmaba las tesis de sus colegas galos, aunque no pudieron despejar más la incógnita. Efectivamente, la población expuesta a la telefonía móvil, a horas y horas de comunicación, corre serios riesgos de padecer este tipo de tumores. En contraste con el trabajo anterior, se encontró que los casos de cáncer analizados se producían en el lado opuesto del cerebro en lugar del mismo lado de que se utilizaban habitualmente el teléfono.

Desde que en 2011, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) nominara a los campos de radiofrecuencia utilizados por los teléfonos móviles como candidatos a elementos cancerígenos, la ciencia ha alimentado aún más las sospechas, sobre todo a partir del incremento de casos en segmentos de población que anteriormente eran casi residuales: los jóvenes entre 12 y 25 años. O visto de otra forma, el repunte de casos de tumores cerebrales entre los usuarios más feroces de las nuevas tecnologías. Atrás quedan otros factores como el estilo de vida, el tabaquismo o la alimentación. Los smartpho­nes, tablets y de las redes wifi son hoy nuevos e importantes elementos a tener en cuenta. “Es difícil definir un nivel de riesgo, en su caso, sobre todo porque la tecnología móvil está en constante evolución”, reconoció la propia Baldi en la entrevista a The Guar­dian.

La inquietud por conocer cómo apa­recen y se desarrollan los tumores malignos de la infancia, la segunda neoplasia maligna más frecuente tras la leucemia, ha llevado a 16 países (entre los que se encuentran España, Tai­wán, Nueva Zelanda, Canadá, Corea del Sur o India) a realizar un extenso trabajo de campo a través del proyecto Mobi-Kids con más de 1.000 jóvenes participantes con edades comprendi­das entre los 10 y 24 años (uno de ellos de Huelva) y con tumores cerebrales. Los investigadores que participan en el proyecto, en­tre los que se encuentran Juan Alguacil -de la Universidad de Huelva- enfrentarán los datos recabados a partir de esta cohor­te con los obtenidos a partir de otros 2.000 jóvenes sanos que también se han sumado al estudio. Los promotores del trabajo consideran que “la incidencia de estos tumores en los jóvenes menores de 20 años de edad se ha incrementado recientemente y, aunque la supervivencia ha mejorado considerablemente, la prevención de los tumores cerebrales es un reto”. Los resultados serán publicados entre este año y el próximo. Alguacil admite que hasta ahora poco se sabe sobre los factores de riesgo. Al­gunos de ellos, como la exposición a la radiación ionizante o a productos químicos, pesticidas, plaguicidas, campos electro­magnéticos o los consabidos antecedentes familiares pueden estar asociados igualmente con la aparición de neoplasias. Sin embargo, los casos registrados debido al uso de teléfonos móvi­les y otras tecnologías se han incrementado dramáticamente en la última década, especialmente entre los niños, “y su papel en el desarrollo de cáncer cerebral en los jóvenes, como ya ha quedado demostrado”, no se ha estudiado con detalle.

Para ofrecer respuestas, la metodología empleada por los investigadores propone cuestionarios detallados con pregun­tas sobre factores demográficos y de riesgo, historial de resi­dencia y frecuencia de uso de los teléfonos móviles. “Uno de los problemas en el estudio de los factores de riesgo ambientales y el cáncer cerebral entre los jóvenes ha sido el número limitado de niños incluidos en los estudios anteriores. Aunque la frecuen­cia de cáncer cerebral puede haber aumentado en los jóvenes en las últimas décadas, sigue siendo una enfermedad poco frecuente, afortunadamente. Por tanto, se necesitan estudios internacionales para responder a estas preguntas”, subrayan los expertos. Para Juan Alguacil, “no hay evidencias científicas de una relación entre tumores cerebrales y ondas electromagnéticas o radiaciones, pero este estudio viene a ofrecernos pistas más fiables al respecto”.

El investigador de la UHU, que trabaja estrechamente con la coordinadora del proyecto Elisabeth Cardis, del Centro de In­vestigación de Epidemiología Ambiental (CREAL), y expertos de todos los servicios de neuropediatría de los principales hos­pitales andaluces, asegura que existe más información sobre cómo repercuten estas radiaciones a escala celular o en ensayos con animales “que en humanos”. El proyecto Mobi-Kids, finan­ciado por la Comisión Europea, el Ministerio de Ciencia e Inno­vación y el Instituto de Salud Carlos III, ha finalizado el periodo de reclutamiento de voluntarios (enfermos y no enfermos) y comenzará en breve la fase de análisis de datos. La Consejería de Igualdad, Salud y Políticas Sociales de la Junta de Andalucía ha financiado parte de este estudio.

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